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Las Capacidades del Peregrino. Parte III La Buena Disposición para Servir

Discursos

Las Capacidades del Peregrino

Parte III
La Buena Disposición para Servir

Las capacidades y las habilidades

El peregrino debe estar siempre dispuesto a ponerse al servicio de la causa de la humanidad. No es necesario que se dedique a cualquier clase de trabajo sin tener en cuenta sus aptitudes, sus capacidades para ello. Tiene que elegir el tipo de trabajo para  que sea idóneo en virtud de su capacidad y sus habilidades individuales. Pero cualquier servicio que preste en virtud de su capacidad, lo prestará, aunque las circunstancias sean sumamente difíciles.

Sin reclamos del yo limitado

Muchas son las duras pruebas por las que tal vez tenga que pasar, pero su determinación de servir siempre que sea posible deberá permanecer firme, impertérrita. Sin embargo, el peregrino de ningún modo se apega a la idea de servir en el sentido de lograr resultados máximos, resultados obtenidos debido a él. Si es preciso que preste cualquier servicio, está dispuesto a prestarlo sacrificando lo que sea, pero sin atarse nunca a la falsa idea de que “El mérito por hacer esto será solamente mío”. Si le toca a otro el privilegio de prestar el servicio, no lo envidia. Si tuviera que buscar oportunidades para sí mismo de prestar un servicio, esto sería una forma de egoísmo. Tratándose de servicio, lo que realmente cuenta para la vida espiritual, es el olvido de sí mismo. No deberá sentir que algo es para sí mismo, o que es el único capaz de dar algo a los demás. El yo tiene que desaparecer enteramente en todas sus formas. El servicio ha de surgir libre y espontáneo siempre y cuando sea necesario, y tiene que aparecer con un espíritu de cooperación en el que el yo limitado no insiste con reclamos.

Libertad respecto de los opuestos de las cosas grandes y pequeñas

El peregrino se desapega por completo de todo trabajo y de los resultados de su trabajo, se libera de los opuestos destructivos, de las cosas grandes y pequeñas. Las personas de mentalidad mundana sienten su existencia separada a través de sus realizaciones. Por lo tanto, tienden naturalmente a juzgar sus realizaciones en función de cantidades tangibles. Se aferran a las cosas grandes y evitan las pequeñas. Desde el punto de vista espiritual, a lo que se denomina pequeñas cosas a menudo son consideradas tan importantes como las denominadas grandes cosas. De ahí que el aspirante no tenga razones para evitar una cosa y buscar la otra; atiende con tanto celo tanto lo pequeño cómo lo grande.

Los convencionalismos restringen el campo del servicio

Aunque en la vida espiritual incluso las pequeñas cosas importan tanto como las grandes, el convencionalismo del mundo habitualmente no logra reconocer esta simple verdad. Al aferrarse a las ideas aceptadas convencionalmente, el campo de acción del posible servicio se reduce artificialmente a todas aquellas actividades que se consideran desde el punto de vista convencional como importantes. Se hace caso omiso de gran parte de lo que realmente tiene importancia vital  para la vida, y el resultado de esto es que la vida se empobrece espiritualmente.

Los valores aceptados determinan el tipo de servicio

De manera que, en una sociedad dominada por concepciones de corte material de la vida, al servicio se lo interpreta en función de proveer pan, ropa u otras comodidades físicas de la existencia. En una sociedad sensible a los valores de la cultura intelectual, al servicio se lo interpreta en función de difundir la educación en diferentes formas. En una sociedad que desarrolló el gusto por lo material, por la belleza, al servicio se lo interpreta en función de organizar la producción y distribución de obras de arte. En una sociedad sensible a los inefables valores del corazón, al servicio se lo interpreta en función de construir canales que faciliten el cultivo y la expresión del corazón. En una sociedad sensible a la importancia suprema del espíritu, al servicio se lo interpreta en función de impartir la comprensión espiritual. De estos diferentes tipos de servicio, el que se refiere a la comprensión espiritual es el más elevado, porque comprender lo espiritual incluye la perspectiva correcta de todos los problemas humanos y fomenta la solución de éstos problemas.

Dos clases de servicio

Si no se comprende lo espiritual, el deseo de prestar servicio es encauzado por concepciones limitadas. El servicio es de dos clases: consiste en agregar a la vida de los demás aquellas cosas que son en verdad valiosas, o en quitar de la vida de los demás las desventajas que les impiden tener cosas que son valiosas. Si nuestra idea de lo valioso es reducida, el campo de acción del posible servicio se torna también reducido.

Las cosas pequeñas que importan

El campo de acción del servicio no se limita a grandes gestos, como, por ejemplo, efectuar grandes donaciones a instituciones públicas. También prestan un servicio quienes expresan su amor en las pequeñas cosas. Una palabra de aliento a un corazón que desfallece o una sonrisa que procura esperanza y alegría en medio de la tristeza, tiene tanto derecho a que se lo considere un servicio como los sacrificios onerosos y los heroicos renunciamientos. Una mirada que borra la amargura del corazón y hace que palpite con renovado amor también es servicio, aunque no se lo considere así. Todas estas cosas parecen pequeñas cuando se las considera en sí mismas, pero la vida está compuesta por muchas cosas pequeñas como ésas. La vida no sólo carecería de belleza sino también de espiritualidad si pasáramos por alto estas pequeñas cosas.

Los errores que se cometen cuando se juzga desde la perspectiva del  mundo

Así como las personas de mentalidad mundana tienden a juzgar las contribuciones positivas en función de sus dimensiones, también cometen un error similar al juzgar los obstáculos, los impedimentos y las adversidades. De manera que para la mayoría de las personas la adversidad de los otros debe asumir proporciones colosales para tener mérito de ser noticia. Lo característico de las personas mundanas es que dan más importancia a las cosas que se plasman de manera externa y tangible que a las que son elementos silenciosos de la vida interior. Por ejemplo, a una guerra devastadora se la considera una calamidad mayor que seguir viviendo lleno de un intenso odio, aunque desde el punto de vista puramente espiritual, las vidas llenas de odio intenso de ninguna manera son menos malas que las guerras devastadoras. La guerra asume tanta importancia debido a los muchos ejemplos visibles de crueldad, pero el odio es igualmente detestable, aunque no se materialice en una acción externa. Del mismo modo, las epidemias, las heridas y los sufrimientos de quienes están en su lecho de muerte suscitan más atención en las personas mundanas que un corazón torturado y abrumado por un deseo insaciable.

La vida como totalidad integral

Para el peregrino que quiere servir y que no desea la admiración y la recompensa, todo aquello que impide o desnaturaliza una vida plena merece atención, independientemente de si es algo grande o pequeño según la opinión del mundo. Así como la construcción o el derrumbe de los imperios ocupa su lugar en la corriente de la vida universal, los momentos fugaces de tristeza también tienen su propio lugar en la vida. La importancia de uno no debería medirse en los mismos términos que el otro, y los reclamos de uno no deben ignorarse por los reclamos del otro. El peregrino contempla la vida como una totalidad integral, sin permitir que parte alguna monopolice su atención a costa de las demás.

El servicio inspirado por el amor asegura la armonía

Aunque el aspirante esté prestando un servicio desinteresado, mantiene a su mente constantemente en guardia, atenta. El peregrino debe ser humilde, honesto y sincero. El servicio que preste no deberá ser en procura de un espectáculo, sino que ha de ser una consecuencia del amor verdadero. Si lo inspira el amor, éste le permitirá estar en completa armonía con los otros trabajadores, sin sentirse celoso. Si no hay completa armonía entre los que trabajan juntos, el servicio que presten será incompleto para el ideal espiritual. Además, si el peregrino presta el servicio externo sin que lo anime el espíritu del amor, está actuando como si se tratara de un deber, como en las instituciones del mundo en el que hay trabajadores pagos. En las instituciones del mundo, las personas trabajan por su paga. En el mejor de los casos se trata de un sentido del deber que los impulsa a ser eficientes. Su labor no puede tener la belleza interior de la que se realiza espontáneamente por amor.

La importancia del contacto con un Maestro

El peregrino puede asimilar mejor las lecciones del servicio verdadero si tiene la buena suerte de estar en contacto con un Maestro. El Maestro no enseña con prédicas sino con el ejemplo. Cuando ve al Maestro en condiciones de prestar un servicio a la humanidad, el peregrino se apresura a captar ese espíritu por el amor que profesa al Maestro. El contacto con el Maestro también es útil porque está embebido por el espíritu de cooperación que los peregrinos podrán cultivar fácilmente por el amor que ellos comparten por el Maestro. Prestan servicio porque el Maestro lo quiere. Realizan la labor del Maestro, no la suya propia, y no lo hacen por su cuenta sino porque el Maestro les confió ese trabajo. Por lo tanto, están totalmente libres de pensar en reclamos, derechos o privilegios de carácter individualista. Lo único que los entusiasma es la labor del Maestro, están listos para ponerse al servicio de su causa con sus mejores aptitudes cuando los llama para que lo hagan, e igualmente están dispuestos a ceder ese trabajo a otro peregrino si éste puede hacerlo mejor.

Servicio sin demostraciones, sin alharaca

Al cooperar así, los peregrinos están sirviéndose de algún modo unos a otros porque todos ellos aceptan como propia la labor del Maestro. Y al ser útil a un peregrino que trabaja con ellos para que realice la labor del Maestro, el aspirante está prestando un servicio tanto al peregrino como al Maestro. En ese servicio no puede haber quien mande porque el aspirante es siempre consciente de que se trata del trabajo del Maestro, que él aceptó como propia y está haciendo. Además, sabe que, como peregrinos, todos son iguales, y le resulta fácil cultivar el hábito de servir con absoluta humildad. Si aparece algún rasgo de orgullo, es mejor que no hubiera prestado su servicio. Una de las cosas más difíciles de aprender es prestar servicio sin ser autoritarios, sin hacer demostraciones del servicio, y sin consciencia alguna de lo alto o lo bajo. La humildad cuenta, por lo menos, tanto como la utilidad en el mundo de la espiritualidad.

El ideal del servicio

Cuando el Maestro sirve a otros, no lo hace porque se apegue al trabajo sino con el fin de ayudar, y también para dar a sus discípulos un ejemplo de servicio desinteresado. Mientras está sirviendo a los otros, él se ve en ellos y tiene la experiencia de servirse a sí mismo. En su feliz sentimiento de unidad que nunca decrece, el Maestro se conoce a la vez como el Señor de todos y el sirviente de todos. Por lo tanto, es un ejemplo del ideal de servicio en el que la esclavitud no existe por parte de quien recibe el servicio como por parte de quien lo presta. El peregrino puede concretar rápidamente el ideal del verdadero servicio si tiene ante sí mismo el ejemplo de un Maestro. Sin embargo, la preparación espiritual del peregrino jamás podrá denominarse completa hasta que haya aprendido el arte de prestar servicio que no da aburrimiento sino alegría, que no produce esclavitud sino libertad, y que no formula derechos ni reclamos, sino que brota de un dar y un recibir espontáneo y libre,  libre de la carga del deseo personal, y que es sostenido por el sentido de una realización siempre renovada.