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La Reencarnación y el Karma. Parte II El Infierno y El Cielo

Discursos

La Reencarnación y el Karma

Parte II
El Infierno y El Cielo

La subjetividad de la vida después de la muerte

El alma corriente no es consciente del mundo físico después de la muerte porque la consciencia depende de las percepciones y organización del cuerpo físico. Aunque la consciencia del mundo físico se pierde, las impresiones de las experiencias del mundo físico se retienen en el cuerpo mental y continúan expresándose por medio del mundo semi-sutil. Durante el intervalo entre la muerte y la siguiente encarnación, la consciencia del alma se vuelve hacia estas impresiones, y el resultado de esto es que las impresiones se activan y las correspondientes experiencias se reviven. Sin embargo, esta alma no es consciente del entorno sutil; está sumida en completa subjetividad y absorta en vivir mediante impresiones que va reviviendo.

El Infierno y el Cielo son estados de la mente

En la vida después de la muerte, las experiencias de dolor y las experiencias de placer, se intensifican mucho más que en la vida en la tierra. Estos estados subjetivos de sufrimiento y alegría intensificada se llaman Cielo e Infierno. El Infierno y el Cielo son estados de la mente; no hay que considerarlos como espacios, como un lugar físico. Y aunque subjetivamente son muy importantes para el alma individualizada, ambos son ilusorios, son falsos dentro de la gran ilusión del mundo de los fenómenos.

Los deseos y las experiencias se intensifican después de abandonar el cuerpo

En los estados de cielo e infierno, los deseos se intensifican mucho más, pues ya no necesitan manifestarse a través del cuerpo físico como instrumento. Tal como ocurre con los deseos, las experiencias con las que se les ha dado satisfacción  o no, también se intensifican mucho. En la existencia terrena, los deseos, igual que los placeres y sufrimientos que estos deseos producen, se experimentan por medio del cuerpo físico. Por supuesto, el alma está usando realmente sus cuerpos superiores al mismo tiempo, pero, en la existencia terrena, su consciencia está necesariamente ligada al cuerpo físico. Por lo tanto, los procesos de la consciencia tienen que atravesar un velo adicional, el cual reduce su fuerza, la vitalidad y la  intensidad, tal como los rayos de luz decrecen cuando deben atravesar un vidrio grueso. Mientras ocupamos el cuerpo, la intensidad de los deseos y  la intensidad de las experiencias se deteriora, pero cuando abandonamos el cuerpo físico, se incrementa relativamente su intensidad.

Los deseos son saciados por medio del pensamiento

Los deseos no son saciados en el estado de cielo como ocurre en el plano físico, en el que dependen del objeto del deseo. El deseo se satisface sólo pensando en el objeto deseado. Por ejemplo, si una persona desea oír una música exquisita, experimenta este placer con solo pensar en ella. En este estado, la idea imaginativa de la música exquisita sustituye las vibraciones sonoras del plano físico, del plano material. El placer, el gozo derivado de pensar en una música exquisita, una música maravillosa es mucho mayor que aquel que se puede sentir en la existencia terrena al escuchar los sonidos en el plano físico. En el estado de cielo no hay obstáculos entre los deseos y la satisfacción de los deseos; el goce, el deseo  de la auto-satisfacción siempre está al alcance con el pensamiento o con el sentimiento.

El Cielo en la Tierra

De hecho, incluso en el plano terreno de la existencia algunas personas  desarrollan esta capacidad para que su placer tenga lugar independientemente de poseer o no poseer un objeto físico. Por ejemplo, Beethoven era totalmente sordo, pero ejercitando únicamente su imaginación, podía disfrutar intensamente de sus propias composiciones musicales. En un sentido, podría decirse que, incluso en esta Tierra, estuvo en el estado de Cielo. Del mismo modo, una persona que medita sobre el Amado con amor es feliz por el solo hecho de pensar en el Amado sin necesidad de su presencia física. Después de la muerte, en el estado de Cielo, el gozo derivado de esta satisfacción basada en la imaginación es infinitamente mayor, pues la consciencia se ha liberado ya del velo más externo, que es el cuerpo físico.

Los deseos más burdos fomentan el estado de infierno

Algunos deseos se relacionan directamente con el poseer y con el  asimilar objetos materiales por medio y a través del cuerpo físico. Este tipo de deseos son los más burdos, los más groseros, como por ejemplo la lujuria, la gula o el ansia de bebidas alcohólicas o substancias tóxicas. Estos deseos son específicamente terrenos porque son posesivos e implican aferrarse necesariamente al objeto físico. En estos deseos no sólo predominan las sensaciones derivadas del contacto con el objeto sino también las sensaciones que constituyen la respuesta del cuerpo mismo. Estos deseos más groseros fomentan el estado de infierno.

La diferencia entre los deseos  más burdos  y los deseos más finos

En contraste con los deseos más finos, más delicados,  los deseos más burdos, más  groseros privilegian sólo las  sensaciones, independientemente de cualquier significado intelectual o cualquier valor moral. En los deseos más finos, más sutiles, como ocurre con el relacionado con la música, por supuesto que hay un elemento en el que se quiere tomar contacto sensorio con los sonidos físicos. Sin embargo, estos sonidos no son importantes tanto por lo que invisten sino más bien por su capacidad para expresar la belleza. Del mismo modo, un deseo de escuchar discursos no predomina en la mente tanto por sus sensaciones sonoras sino más bien por lo que transmiten, o sea, por lo que significan intelectualmente y por las emociones que desarrollan.

Las sensaciones corporales de los deseos más burdos

De manera que, en los deseos más finos, las sensaciones reales cumplen un papel que se subordina a los aspectos derivados en donde se basan en las sensaciones. En cambio, en los deseos más groseros, las sensaciones son las que proporcionan el principal elemento conectado con el objeto físico y las sensaciones de esos deseos se despiertan mediante la reacción corporal que tiende a poseerlos. Las sensaciones orgánicas del cuerpo físico cumplen el papel más importante en las experiencias conectadas con los deseos más burdos. Por medio de las sensaciones, el alma individualizada siente su propia existencia como cuerpo físico, de manera  mucho más eficaz y vívida que mediante experiencias conectadas con los deseos más finos, más delicados.

Los sufrimientos del Infierno y los goces del Cielo

Las sensaciones corporales propiamente dichas son las que constituyen casi todo lo importante de las experiencias que son producto de la satisfacción o la  no satisfacción de los deseos más burdos. Por lo tanto, raras veces pueden hacer que se experimente plenamente la satisfacción que se logra con los deseos más finos ejercitando solo el pensamiento y la imaginación. Lo característico de los deseos más burdos es que insisten en poseer y en asimilar a los objetos físicos. Cualquier idea que derive de imaginar objetos físicos es solo útil para acentuar las ansias de alcanzarlos. Puesto que los objetos de los deseos más groseros no están disponibles en el mundo sutil, estos deseos son los que principalmente hacen que se experimente intensamente y se sufra insatisfacción. Así como en el mundo físico la presencia de deseos más groseros, más burdos hace que el sufrimiento predomine sobre el placer, en la vida después de la muerte las experiencias revividas conectadas con estos deseos más groseros también hacen que el sufrimiento predomine sobre el goce, generando de esta manera el estado de infierno. De manera parecida, en la vida después de la muerte las experiencias que se reviven conectadas con los deseos más finos hacen que el placer, que el goce predomine sobre el sufrimiento, generando de esta manera el estado de cielo.

El tiempo en el mundo sutil

Sin embargo, el Cielo y el Infierno son estados de esclavitud, y están sujetos a las limitaciones de los opuestos del placer y del dolor. Ambos son estados cuya duración es determinada por la naturaleza, la cantidad y la intensidad de las impresiones acumuladas. El tiempo en el mundo sutil no es el mismo que en el mundo físico, debido a la acrecentada subjetividad de los estados de consciencia. Aunque al tiempo en el mundo sutil no se lo puede medir con el tiempo del mundo físico, está determinado estrictamente por las impresiones que se acumularon en el mundo físico. Sin embargo, el hecho importante es que el estado de infierno y el estado de cielo distan de ser duraderos y, después de cumplir su propósito en la vida del alma individualizada, ambos tocan a su fin.

Volver a dar vida a las impresiones

Los deseos sensuales más bajos, más  groseros, como pueden ser la lujuria y todos sus productos emocionales, como el odio y la ira, fomentan  la vida de la  ilusión generando el sentimiento propio del estado de infierno. Por otro lado, los deseos más elevados como por ejemplo las aspiraciones idealistas, los intereses estéticos y científicos, la bondad hacia el prójimo y otros sentimientos y acciones de la misma índole, incluyendo sus emociones derivadas como el amor, la simpatía, los sentimientos fraternos, contribuyen a la vida iluminada y placentera que predomina en el estado de cielo. Estos estados consisten para la mayoría de las almas en volver a dar vida a las experiencias de la vida terrena, dándole fuerza a las impresiones que estas experiencias les dejaron. La duración y naturaleza dependen de la duración y naturaleza de lo que el alma experimentó mientras ocupó el cuerpo físico, que acaba de dejar.

La finalización del Cielo y del Infierno

Así como a un disco fonográfico lo hacemos a un lado cuando la púa recorrió cada uno de sus surcos, el estado de infierno y el estado de cielo terminan después de que la consciencia atravesó las impresiones dejadas por la vida en la  tierra. Así como la canción que un disco produce es determinada estrictamente por la canción original grabada en él, de igual manera la calidad de las experiencias intensificadas y magnificadas por las que el alma pasa después de la muerte es determinada estrictamente por la clase de vida que la persona llevó en la Tierra en su cuerpo físico. Desde este punto de vista, el Cielo y el Infierno son sombras, sombras proyectadas por nuestra vida en la Tierra.

El examen retrospectivo de las experiencias en la tierra

Los estados de Cielo e Infierno no servirían, no serían útiles en la vida del alma individual si sólo consistieran en revivir mentalmente nuestro paso por la Tierra. Eso sería solo una repetición de lo que ya ocurrió. La consciencia, en estos estados después de la muerte, está en condiciones de examinar en forma pausada y eficaz el registro de su vida en la Tierra. Mediante la intensificación de las experiencias, puede observar más fácilmente y con mejores resultados la naturaleza de aquéllas. En la Tierra, la consciencia de la mayoría de las personas es predominantemente objetiva, mira hacia adelante y está presionada por los sanskaras que aún no se desgastaron. Por lo tanto, su principal preocupación es que los sanskaras sean colmados, sean saciados  por medio del presente o del futuro. En la vida después de la muerte, la consciencia de la mayoría de las personas es principalmente subjetiva y retrospectiva. Al estar ausentes los sanskaras que  incitan o impulsan a la acción, como ocurre con las reminiscencias, la principal preocupación de la consciencia consiste en evaluar y  rever el significado del pasado.

La analogía del cine

Las reacciones tempestuosas, apresuradas e inmediatas ante las cambiantes situaciones de la vida terrena son reemplazadas, después de la muerte, por una mayor tranquilidad, una mayor parsimonia, libre de la urgencia de acciones inmediatamente necesarias. Todas las experiencias de la existencia en la tierra están disponibles para la reflexión con mayor vivacidad que la que es posible mediante el recuerdo de la vida en la Tierra. Todas las tomas de la vida se hallan registradas en la película de la mente, y ahora es tiempo de estudiar la vida en la tierra original mediante proyecciones ampliadas del registro filmado sobre la pantalla de la consciencia subjetivada.

Asimilación de las experiencias en la tierra

Así es cómo el estado de infierno y el estado de cielo instrumentan la asimilación de las experiencias adquiridas en la fase terrena, y el alma individualizada puede iniciar su siguiente encarnación en un cuerpo físico con todas las ventajas de haber digerido, asimilado  la experiencia previa. Las lecciones que el alma aprendió mediante este inventario y su  reflexión son afirmadas en el cuerpo mental por la fuerza de su ampliado sufrimiento o felicidad. Durante la siguiente encarnación, estas son parte integral de la estructura intuitiva de la consciencia activa, sin que de manera alguna revivan en forma detallada y minuciosamente todos  los sucesos que el individuo experimentó en la encarnación anterior. Las verdades que la mente absorbe en la vida después de la muerte se convierten, en la siguiente encarnación, en una parte de su sabiduría innata. La intuición desarrollada es comprensión consolidada, es conocimiento comprimido, la cual se destila por medio de múltiples y diversas experiencias acumuladas en vidas anteriores.

El Cielo y el Infierno, y la sabiduría intuitiva que aflora

Las diferentes almas comienzan con distintos grados de sabiduría intuitiva su capital inicial para los experimentos y aventuras de sus existencias terrenas. Esta intuición tal vez parezca ser producto de experiencias pasadas, sumándose pues al equipo de la mente, pero lo cierto es que más bien se trata de un desarrollo de lo que ya está latente en el alma individualizada. Desde este punto de vista más profundo, las experiencias de la vida terrena, al igual que los procesos de reflexión y consolidación a los que están sujetas en la vida después de la muerte, son sólo instrumentos que hacen aflorar la sabiduría intuitiva, que ya está latente en el alma desde el inicio mismo de la Creación. Tal como ocurre con la existencia terrena y sus respectivas experiencias, los estados de infierno y de cielo en la vida después de la muerte, son parte integral en los episodios de la travesía del alma individualizada, la cual en última instancia tiene como propósito llegar a la Fuente de todas las cosas, al origen de todo.