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Eso Fue Así

Eso Fue Así

 Natural

¿Cómo puedo impregnar en ustedes cuán natural era Meher Baba? Les he dicho frecuentemente que la ignorancia es el arma más afilada de Dios-hecho-Hombre para relacionarse con nosotros. Él debe relacionarse con nosotros solamente por medio de la ignorancia, pues de lo contrario, sería aterrador. Baba es omnisciente. Lo sabe todo, pero si fuera a hacernos sentir su omnisciencia, ¿qué sucedería entonces? Ustedes se sentirían desnudos. Si fueran a encontrarse con alguien y supieran que esa persona lo sabe todo acerca de ustedes y todo lo que ustedes alguna vez hicieron, hasta los pensamientos indignos que alguna vez tuvieron, ustedes saldrían corriendo.

Entonces, cuando alguien se acercaba a Baba, Él actuaba como si fuera completamente ignorante: “¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Viajaste bien?”. Baba aparentaba no saber nada. Su aparente ignorancia era tan perfecta que a veces, cuando las personas le traían sus bebés recién nacidos, le ponían al niño sobre las rodillas y Baba jugaba con la criatura, le pellizcaba las mejillas, le apretaba los deditos, y luego contemplaba a esa orgullosa madre y le decía con ademanes: “¿Es un nene o una nena?”. Tengan en cuenta que el bebé estaba desnudo; Baba podía haber visto fácilmente que esa criaturita era una nena o un nene, pero su ignorancia era tan perfecta que miraba a la madre con un aire de inocencia y le decía con gestos: “¿Es nene o nena?”

Algunas personas piensan automáticamente en milagros cuando piensan en Dios. Y hay muchos episodios milagrosos que se asocian con Baba, pero Baba insistía siempre en que él nunca hacía milagros, y que era la fe de sus amantes la que producía los supuestos milagros. Ciertamente hubo casos en los que las personas nos informaron que se habían curado después de tocar a Baba, o de que sus negocios experimentaron un cambio total después de recibir las bendiciones de Baba, ¿pero dónde está el milagro en esto?

Después de todo, ¿qué es un milagro? Al milagro se lo concibe corrientemente como un suceso que es sobrenatural y que desafía las leyes de la naturaleza. Pero un milagro propiamente dicho forma parte de la naturaleza; ¿cómo podrá entonces ser sobrenatural? Una vez Kumar, el padre de Amrit, acusó a Baba de hacer milagros: “Baba, tú dices siempre que no haces milagro alguno, pero con mis propios ojos te he visto hacer tantos milagros que no entiendo cómo puedes decir eso”.

“¿Qué milagros?”, le preguntó Baba. Y Kumar le dijo: “Bueno, Baba, por una cosa: ¿qué me dices sobre cuando nos encontramos por primera vez? Mi esposa había preparado comida para ti y tu grupo, pero yo sé que no había suficiente comida para alimentar a todas las personas a las que se la diste. No sólo eso, sino que serviste a todos grandes porciones e insististe en que se sirvieran por segunda vez, pero cuando yo fui a mirar dentro de la olla antes de que sirvieras a las mujeres, vi que sólo faltaba una pequeña porción de arroz. ¡Eso fue un milagro!”

“¿Por qué un milagro? Tú me amas. Si tú fueras a ver si yo necesitara algo, aunque no te lo pidiera, tratarías de conseguírmelo, ¿no es cierto?” “Sí, Baba.” “Bueno, yo tengo muchísimas personas que me aman. No solamente las de este plano de la existencia; en todos los planos tengo gente que me ama. Y estos amantes tratan de ayudarme. Estos seres vieron que no había suficiente comida que alcanzara para todos, y entonces cuando repartí la que estaba en la olla, fueron ellos los que volvieron a llenarla. Pero yo no tengo nada que ver con esto. No fue un milagro. Ellos vieron por sí mismos que yo necesitaba algo y entonces me lo suministraron. ¿Qué hay de milagroso en eso?”

“Es algo más o menos así: digamos que tú fueras a visitar a un maharajá. Eres un invitado en su palacio. Vienen los sirvientes y llevan tus bártulos a tu habitación, y hasta los desempacan por ti. Digamos ahora que uno de los sirvientes entra en tu cuarto de baño y ve que no hay jabón ni toallas. ¿El sirviente irá a ver al maharajá y lo molestará diciéndole que en la habitación de huéspedes no hay jabón ni toallas? No, simplemente irá a conseguir el jabón y las toallas, y personalmente pondrá eso en el cuarto de baño. El maharajá ni siquiera se enterará de que ha sucedido esto. Sus sirvientes atenderán todo por él. ¿Eso es un milagro? De la misma manera, mis “ayudantes” atienden mis necesidades sin decirme nada al respecto.”

Todas las veces que la gente le contaba sobre algún milagro que él había realizado, Baba siempre daba muestras de estar sorprendido y respondía con gestos: “Esto es una novedad para mí” o “Es la primera vez que me entero de esto”. De todas maneras, ¿qué es un milagro? ¿No es un milagro que el sol salga todos los días? Asómense ahí por la ventana y miren los árboles frente a la clínica. ¿Ven cuántas son las tonalidades de verde que hay? ¿Eso no es un milagro? ¿El solo hecho de que existamos no es un milagro?

Pero nosotros no consideramos que estas cosas sean milagros. Yo les digo que son milagros y lo son, pero ni siquiera pensamos en ellas como milagros. ¿Por qué ocurre eso? Porque son tan naturales que eso lo damos por sentado. Eso es lo que estoy tratando de decirles acerca de Baba. Él era tan natural que, hasta las cosas que los demás consideran que son milagros, también parecían tan naturales en su presencia que nunca se nos ocurría pensar en ellas como si fueran milagros.

Permítanme darles un ejemplo. Una vez Baba estaba dando darshan en Pune. Eso fue al volver de Guruprasad, y allí debía haber varios miles de personas. Teníamos filas y filas de asientos que se extendían hasta muy lejos, armados delante del elevado dais (tarima) en el que Baba se sentaba. Ustedes han visto esto en películas. Los hombres se sentaban de un lado y las mujeres del otro, y en el centro había un pasillo que separaba a ambos. Una mujer que había venido amaba muchísimo a Baba. Estaba sentada detrás, muy junto al pasillo. Le gustaba sentarse allí porque de esa manera podía asomarse y ver bien a Baba sin nada que se lo impidiera. Aunque ella estaba detrás, inclinada un poco al costado, su cabeza estaba en el pasillo y podía mirarlo a Baba y verlo bien, sentado en el dais. 

Ahora bien, cuando Baba daba darshans en programas como éste, solía tener un programa por la mañana y después había un descanso para almorzar. Luego la gente regresaba por la tarde y había allí otro programa. A veces esto continuaba durante unos días seguidos. No recuerdo exactamente cuánto duró este programa, pero creo que duró unos tres días. Y esta mujer se sentaba cada día en el mismo asiento, sobre el pasillo, detrás de la multitud.

De manera parecida había un hombre que solía sentarse siempre del otro lado del pasillo, enfrente de donde ella estaba. Se sentaban en esos asientos todas las veces, durante varios días. Pero a medida que pasaban los días, la mujer empezó a tener un pensamiento: “Me pregunto si Baba sabe que yo estoy aquí. A Baba lo puedo ver, pero él está muy lejos y parece pequeñísimo allá en el estrado; ¿cómo me podrá ver cuando hay miles de personas aquí y yo estoy sentada bien atrás? ¿Cómo podrá verme sobre las cabezas de todos los que están delante mío?”

Es de entender que a ella se le hubiese ocurrido un pensamiento como éste. Lo que ella dice es cierto, ahí había miles de personas, y entonces ¿cómo podía esperarse que Baba se fijara en alguien que estaba sentado detrás de todo? Pero en ese preciso momento Baba llamó de viva voz a un hombre por su nombre. Se trataba de un hombre que estaba sentado en la fila de atrás, en un asiento al lado del pasillo. No me acuerdo su nombre, pero recuerdo que Baba me hizo llamar a este hombre mediante el sistema de altavoces. Cuando lo llamé, se puso de pie. Era una pequeñísima figura muy muy al fondo de la muchedumbre. Y yo dije: “Baba dice: ‘Qué le sucedió a…’”, y nombré a alguien. Repito que no recuerdo cómo se llamaba, pero nombré a alguien de viva voz. “Baba dice: ‘¿Qué le sucedió a esta persona? ¿Dónde está ese hombre? ¿No ha venido hoy?’''. Fue entonces cuando el hombre a quien mencioné se puso de pie en medio de la multitud y gritó: “Aquí estoy, Baba.”

Baba lo miró y le dijo con ademanes: “¿Por qué cambiaste de asiento? Todos estos días has estado sentado atrás; ¿por qué cambiaste hoy de asiento?”. El hombre replicó: “Quería estar más cerca de ti, Baba”. Baba gesticuló: “Vuelve atrás y ocupa tu viejo asiento”. Entonces el hombre se fue atrás y se sentó en el asiento vacío, del lado del pasillo, enfrente de la mujer que se había estado preguntando si Baba también sabía que ella estaba ahí.

Baba no interrumpió repentinamente todo y tampoco le anunció esto a la mujer: “Sé lo que estás pensando, y sé que estás ahí”. Eso habría parecido un milagro, pero también habría sido molesto para todos los que estaban ahí. Habría creado un clima distinto. Baba quería que quienes lo amaban se sintieran distendidos en su presencia. Entonces, de una manera muy natural, Baba indagaba acerca de alguien que había cambiado de asiento. Y la mujer se tranquilizó porque Baba también debía estar al tanto de la presencia de ella.

Miren, Mary ha estado sentada allí, en el otro lado de la sala, todos los días debajo de la ventana hace una semana, ¿no es así? Si un día ella viniera de repente a sentarse al lado de la silla de Baba, yo lo notaría. Incluso dentro del alcance de mi vista, yo miraría al otro lado de la sala y notaría que Mary no estaba hoy ahí, y me preguntaría: “¿Dónde está Mary? ¿Está enferma? ¿Por qué no vino hoy?”. ¿No hice eso precisamente con John? Mi vista no es buena, pero cuando él estaba sentado allí, donde habitualmente no se sienta, yo pensé que se trataba de alguien nuevo y le pregunté quién era. Yo no podía ver bastante bien como para distinguir la cara; un poco me pareció que era John, pero yo sabía que él no se sienta ahí, ese no es su lugar, de modo que le pregunté quién era. Pensé que era alguien nuevo, que venía aquí por primera vez.

No hay nada sobrenatural en esto; por el contrario, es muy natural. Eso es lo que sucedía con Baba. Hasta lo que él insinuaba de vez en cuando sobre su omnisciencia o su omnipotencia parecía tan natural que nosotros no pensábamos en eso. Ahora bien, mirando hacia atrás, podemos considerar esto y decir: “Sí, eso muestra que Baba es omnisciente, él debe haber sabido lo que yo estaba pensando”, pero al mismo tiempo todo parecía tan natural que a nuestra intimidad con Baba no la perturbaba el que pensáramos que él estuviera leyéndonos la mente o que hiciera algo por el estilo.

Baba podría estar conversando con alguien en medio de la multitud, mientras que otra persona podría sentir que las respuestas estuvieran dirigidas a ella. Baba ni siquiera miraría a esa persona ni le indicaría que él sabía lo que ella estaba pensando, pero la persona sentiría que las respuestas eran para ella. Todo era muy natural. Déjenme que les dé otro ejemplo de mi propia vida.

Ya les conté muchas veces cómo fui a ver a Baba por primera vez, y cómo Baba solía venir a mi casa cuando yo era niño, y sobre los telegramas que Baba enviaba cuando yo estaba trabajando en el jardín y todo lo demás, de modo que ahora no me extenderé en eso. Sólo abordaré una pequeña parte de esa historia.

Yo volvía en bicicleta de la escuela a mi casa cuando vi a Baba que me estaba esperando frente a la puerta de entrada. Esta fue la primera vez que Baba vino a visitarnos en Nagpur. Ya habíamos visto a Baba en Ahmednagar, pero en esa época estábamos viviendo en Nagpur y Baba vino a visitarnos. Bajé de un salto de mi bicicleta, me postré a los pies de Baba y le dije: “Perdóname”. No sé por qué le dije eso. No tengo idea de lo que me hizo pensar eso, a no ser el hecho de que yo era un muchacho y los muchachos siempre han hecho algo que necesita ser perdonado. De modo que tal vez fue solamente eso, yo tenía secretamente una culpa y, cuando vi a Baba, sentí el impulso espontáneo de pedirle perdón. En cualquier caso, yo entré y Baba se puso a jugar conmigo. Pero los juegos de Baba eran todos para niños. Como el de “encuentra el meñique” y juegos así. Yo no estaba contento en absoluto. No era un bebé para juegos como ése. En la escuela yo tenía mis amigos y quería juntarme con ellos para jugar al cricket y al fútbol, no quedarme adentro ni entretenerme con juegos de niños con ese hombre.

Yo no era demasiado cortés para decir algo, de modo que tenía que quedarme allí y aguantar, pero eso no me gustaba y me preparaba mentalmente para no volver a hacer eso. Entonces, al día siguiente, cuando volví de la escuela a mi casa y vi desde bastante lejos que Baba me estaba esperando, cambié de recorrido y entré por atrás. Estacioné mi bicicleta en la entrada trasera y entré calladamente, me bañé y cambié de ropa, y volví a salir otra vez por atrás para volver a reunirme con mis compañeros de la escuela. Esa noche, cuando regresé, mi madre estaba furiosa conmigo, y me preguntó: “¿Dónde estuviste? ¿No sabías que Baba te estuvo esperando toda la tarde? ¿Por qué no viniste a casa después de la escuela?”. “Pero yo vine. Volví a casa, me cambié de ropa y volví a salir.” “¿Cómo es que viniste? Baba te estuvo esperando en la puerta de entrada.” “Lo sé, por eso entré por la puerta de atrás.”

Esto enfureció a mi madre. Algunos de ustedes saben cómo es mi madre: está completamente entregada a Baba. Entonces cuando escuchó que yo había eludido a Baba deliberadamente, se enojó muchísimo conmigo. “¿No sabes quién es él?,” me preguntó. “¡Él es Zoroastro que vino nuevamente!” “¿Y qué?”, pensé yo. Vean, en aquella época yo amaba a Jesucristo. Hasta derramaba lágrimas preguntándome cuándo vendría Jesús otra vez y, en respuesta a mis lágrimas, Jesús vino en forma de Meher Baba. Vino directamente a mi casa, pero yo no supe esto. Y mi madre no me dijo que Meher Baba era el Cristo que venía nuevamente. Ella me dijo solamente: “¿Tú no sabes quién es él? ¡Es Zoroastro que ha vuelto!”. Entonces pensé: “¿Y qué importa si él es Zoroastro? No estoy interesado en Zoroastro, yo sólo quiero a Jesucristo.”

Desde la habitación de al lado Baba llegó a oír la discusión, entró y le preguntó a mi madre qué sucedía. Ella le explicó que yo me había escabullido para jugar con mis compañeros de la escuela en lugar de quedarme en casa con él. Baba se puso enseguida de mi lado. Me preguntó por mis amigos, y yo le dije que después de la escuela, jugábamos partidos de fútbol y cricket, y que mi equipo contaba conmigo. Baba le dijo a mi madre que yo tenía razón y que yo nunca debía defraudar a mi equipo, sino que debía ir a la escuela y tomar parte en los juegos. Y Baba se acostumbró a interesarse activamente en ellos.

Al caer la tarde, cuando yo volvía a casa, él me preguntaba siempre cómo había jugado mi equipo. Nunca me hizo sentir que yo estaba haciendo algo malo al no ir a casa directamente después de la escuela para estar con él. Por el contrario, me hacía sentir que era mi deber juntarme con mis amigos de la escuela y jugar al aire libre los partidos en los que solíamos complacernos.

Después de eso Baba comenzó un nuevo juego conmigo. Cuando yo volvía a mi casa después de terminar el partido, él se sentaba conmigo y me contaba anécdotas con su tabla alfabética. En este caso se trataba de un juego que yo podía disfrutar. No era un juego de niños, como los otros, y me daba una oportunidad para que yo utilizara mi inteligencia. Pues se trataba de un desafío, de un acertijo para que yo aprendiera a descifrar la tabla de Baba. Eso me intrigaba y yo solía disfrutar tratando de leerla. Pero ni bien yo aprendía a leerla, Baba aceleraba. Además de escuchar las anécdotas que eran interesantes, estaba el factor complementario de competir, pues yo siempre trataba de seguirle el ritmo a Baba y, a medida que él iba cada vez más rápido, yo trataba de superarlo como correspondía en este juego. Y más que eso, se trataba de un juego de salón que yo creía más adecuado para mi edad.

Pero el resultado final fue que me convertí en un experto en leer la tabla de Baba. Muchos años después, cuando me uní a él para vivir con él, yo ya sabía leer esa tabla. Hace poco, cuando yo estaba contando esta anécdota, uno de ustedes me dijo: “Mira, Baba te estaba entrenando para después. Él sabía que tú leerías tanto su tabla que te convirtió en un experto cuando aún eras joven”. Entonces le dije: “Podría ser” pero, a decir verdad, nunca había pensado en eso. Nunca se me ocurrió que Baba me hubiera enseñado a leer su tabla siendo yo un joven porque él anticipara que yo iba a necesitar saber esto a futuro. Y cuando ese muchacho me dijo eso, mi primera reacción fue que parecía demasiado inverosímil.

Pero a medida que lo pienso tengo que reconocer que es posible. De todos modos, tuvo ese efecto, pero ahora mismo parece tan natural la manera con que sucedió que solamente lo acepto. Baba es omnisciente, de modo que ciertamente sabía, cuando yo era un niño, que años después yo estaría con él, pero pensar en eso de esa manera parece agregar un elemento que no es natural, al menos para mí. Hace que lo que era muy natural pareciera no serlo. Y lo que estoy tratando de decir es que todo lo que Baba hacía parecía siempre completamente natural. Ese es el sello del Avatar, su naturalidad.

Y Baba quería que nosotros también fuéramos naturales con él. No le gustaba cuando las personas venían, juntaban las manos y se quedaban ahí de pie, ensimismadas y en actitud de adoración. Baba tenía un amante del sur al que quería muchísimo. No era un hindú ortodoxo; en realidad, yo diría que era uno de los que hablan contra los males del sistema de castas, pero era muy ortodoxo en sus ideas en lo que constituía la vida espiritual. Por ejemplo, nunca fumaba ni decía palabrotas. Era siempre muy correcto.

Nosotros éramos muy de confianza con Baba. Por supuesto, siempre había respeto. Siempre éramos libres con Baba, pero nunca nos tomábamos libertades. Siempre había una línea que nosotros no cruzábamos. Podíamos bromear con Baba y no teníamos que fingir que éramos espirituales, pero nunca éramos groseros con él. No se trataba de que alguna vez Baba nos dijera: “Nunca me digan tales cosas, o nunca actúen de tal manera conmigo”. Simplemente lo sentíamos, en nuestro interior, que no sería correcto que nos comportáramos de ciertas maneras con Baba. Había una reverencia natural que nosotros sentíamos que se le debía a Baba, y entonces, observábamos esto naturalmente. Después de todo, se trata de sentido común.

Muchas de las cosas que tengo para contarles son simplemente cuestiones de sentido común. Ustedes lo tornan todo un misterio, pero en realidad es todo bastante simple. Ustedes lo analizan todo y tienen muchísimas preguntas: “¿Qué debería hacer yo en esta situación?”, “¿Qué me dices de esta situación?”, o “Pero si alguien hace esto, ¿entonces qué debería hacer yo?”. Ustedes complican muchísimo todas las cosas.

Es por ese motivo que le digo a todo aquel que me pregunta algo: “En primerísimo lugar, simplemente decídete a pertenecerle. Entonces todo lo demás decanta”. Una vez que ustedes se decidan a pertenecerle a él, harán solamente aquellas cosas que no les impedirán ser de él. No tienen que analizar cada situación individual en la que se encuentren y en la que traten de determinar qué quiere Baba que ustedes hagan. De esa manera se volverán locos; limítense a decidirse a ser de él, y esa determinación les dará las respuestas que ustedes necesitan. De una manera muy natural. No se trata de un examen complicado, con preguntas tramposas que ustedes tengan que estudiar y para las que tendrán que prepararse. Es cuestión de hacer simplemente lo que naturalmente parece ser lo correcto que hay que hacer.

Pero la gente me dice: “¿Cómo podemos decidirnos a ser de él? ¿Qué significa eso exactamente? ¿Qué es lo que quieres decir con lo que naturalmente parece correcto?”. Y yo les digo a esas personas que, si no pueden simplemente decidirse a ser de él, aun así la respuesta sigue siendo sencilla: “Simplemente hagan aquellas cosas de las que no tendrían vergüenza de hacer en su presencia. Digan solamente aquellas cosas que ustedes dirían en su presencia, y piensen solamente en aquellos pensamientos que considerarían cómodos de pensar en su presencia”. ¿Ven cuán fácil es?

¿Y qué es hacer, decir y pensar solamente aquellas cosas que nosotros haríamos, diríamos y pensaríamos en su presencia? Es tenerlo a él como nuestro compañero constante. Es vivir la vida como si viviéramos en su compañía. Por ese motivo estoy tratando de hacerles entender cabalmente cuán natural era estar en su compañía. Tener a Baba como compañero constante no significa que Baba lo esté supervisando a uno siempre; eso no debía hacer que uno se sintiera culpable ni que se pusiera nervioso o incómodo. Baba era nuestro amigo. Él no quería que nos sintiéramos alejados de él. 

Sí, es verdad que, en su presencia, vacilaríamos antes de hacer ciertas cosas. Como ya les dije, no nos tomábamos libertades estando él presente, pero esa no era una represión pesada o antinatural; se originaba naturalmente en nuestro amor a Baba. Uno no quiere hacer ciertas cosas en su presencia. No es que nos abstenemos de hacer ciertas cosas, sino que ni siquiera se nos presenta la idea de hacerlas porque sería completamente antinatural.

De otra manera, permítanme darles otro ejemplo. Cuando estábamos con Baba, él a veces tenía ganas de jugar a las cartas. Le gustaba rodearse siempre de un clima de alegría, el cual era ciertamente alegre cuando jugábamos a las cartas. Además de las chanzas habituales que se sucedían cuando jugábamos, nos echábamos la culpa de hacer trampas, y había protestas y acusaciones, y muchas discusiones y deliberaciones; en resumen, actuábamos con Baba siendo completamente naturales. En tal medida que a veces Baba nos interrumpía de repente y nos recordaba esto: “No se olviden que Yo soy Dios”. Y nosotros asentíamos con la cabeza y el juego continuaba.

Acostumbrábamos a jugar en la Sala de los mándalis de Meherazad, y jugábamos en Guruprasad. Y cuando viajábamos con Baba en busca de  masts, a veces jugábamos a las cartas con Él en el tren. Por supuesto, entonces no era cuestión de que a quien perdiera se le frotara la nariz en el piso, porque eso habría llamado la atención hacia Baba y esto era lo único que Baba no quería cuando estaba afuera buscando masts. A veces, cuando viajábamos en tren, Baba y yo acostumbrábamos a viajar en segunda clase y el resto de los mándalis lo hacía en la clase de los sirvientes. Pero ellos venían a nuestro vagón y jugábamos a las cartas. Si alguna vez entraba el revisor, yo le decía simplemente que estos otros eran sirvientes nuestros y entonces se les permitía estar con nosotros. Especialmente hacia la hora de comer no había problema en que nos acompañaran porque los sirvientes eran naturalmente necesarios para servir la comida.

Pero, así como este devoto del sur no había comprendido nuestros hábitos, había muchos que no habían comprendido que Baba jugara a las cartas.  Tenían un concepto muy distinto acerca de Dios. Entonces cuando venían estos amantes, Baba se ponía siempre muy serio y solemne; en resumen, actuaba de acuerdo con la idea de aquellos sobre cómo esperaban que Dios se comportara. Recuerdo que una vez estábamos jugando a las cartas cuando de repente se detuvo un auto y llegaron algunos de esos amantes para ver a Baba. “Rápido,” nos dijo Baba con gestos, “siéntense sobre los naipes”. Entonces todos deslizamos los naipes debajo de nosotros y nos sentamos directamente encima, mirando a Baba con muchísima atención.

Los amantes entraron y Baba los saludó, tuvo una suerte de plática espiritual con ellos durante un largo rato. No recuerdo lo que Baba dijo, pero fue sobre algún elevado tema espiritual acorde con las preconcebidas ideas de ellos acerca de qué clase de temas era conveniente que se discutieran con el Dios-hecho-Hombre, y pocos minutos después le tributaron su respeto y se marcharon. “¿Se han ido?,” preguntó Baba. Yo lo verifiqué y me aseguré de que el auto ya se había alejado. “Sí, Baba,” le dije, “se han ido”. Baba sonrió y haciendo un ademán como éste, nos dijo: “Saquen a relucir los naipes”. Y nosotros reanudamos el juego.

Eso es lo que quiero decir con el hecho de ser natural con Baba, sin interferir en la relación natural que el otro tiene con él.

A veces las personas nos preguntan: “¿Pero por qué ustedes no le preguntaban esto a Baba?”, o “¿Por qué ustedes no le pedían a Baba que les explicara por qué él estaba haciendo eso?”, pero sencillamente no parecía natural hacer eso en su presencia. No era que estuviese mal hacer una cosa así, sino que sencillamente nunca se nos ocurrió. Simple y naturalmente vivíamos nuestras vidas de determinada manera en su presencia, y no nos habría parecido natural empezar a preguntarle de repente a Baba por qué estaba haciendo esto o aquello. Nosotros no nos deteníamos a analizarlo ni nos atormentábamos por eso, como ustedes lo hacen; no nos retorcíamos las manos y nos preguntábamos: “¿Ay, yo debería preguntarle a Baba o no debería preguntarle?”. No, simple y naturalmente creíamos que a veces era apropiado, y a veces no, hacerle ciertas preguntas a Baba. 

Déjenme que les dé un ejemplo de una época en la que era apropiado hacer preguntas. Esto fue poco antes de la Reunión de Oriente y Occidente. Habían rastrillado y despejado el suelo detrás de Guruprasad y se pondrían miles de sillas en hileras para el darshan que tendría lugar a la mañana siguiente. Baba no estaba muy bien de salud, y esa noche se había ido a acostar dando expresas instrucciones de que no se lo molestara.

Yo era el encargado de supervisar los preparativos y acababa de acostarme durante una hora para descansar un poco cuando vino alguien a decirme que el suelo del darshan estaba lleno de hormigas coloradas. Aparentemente, cuando rastrillaron y nivelaron el suelo, perturbaron los nidos de las hormigas, y ya había millones de hormigas coloradas arrastrándose por el suelo. Ahora bien, este era un verdadero problema. Las hormigas coloradas no se parecen a las negras. Las coloradas pican y sus picaduras duelen. No son grandes pero la picadura puede ser muy dolorosa. No podíamos tener allí sentadas a tantos miles de personas y que las hormigas coloradas las estuvieran picando todo el tiempo.

Por otra parte, por mi propia experiencia con Baba, yo sabía que él era siempre muy exigente en que nunca matáramos a las hormigas. A los mosquitos se les podía dar un manotazo. De hecho, en los primeros años, Baba solía alentar a los mándalis para que mataran a los mosquitos. En Manzil-e-Meem cada uno de los mándalis tenía el deber de matar determinada cantidad de mosquitos cada día por orden de Baba. Pero Baba nunca quiso que les hiciéramos daño a las hormigas. Si estábamos paseando, Baba a veces cambiaba de repente su paso y entonces nos señalaba el suelo y nos decía con gestos que hiciéramos un rodeo. “Sean cuidadosos,” nos decía con ademanes, “aquí hay hormigas, no las pisen”. Y entonces nosotros nos esmerábamos en saltar sobre ellas y evitarlas al caminar para no matar inadvertidamente a ninguna de ellas.

Yo sabía esto. Sabía que Baba nunca quería que matáramos a las hormigas. Esto era a veces inevitable, por supuesto. Uno no podía estar mirando siempre al suelo al caminar, y sin duda, cuando yo manejaba el auto llevando a Baba, debíamos haber pisado muchísimas hormigas, pero si podíamos evitar eso y éramos conscientes de que ahí había hormigas, entonces Baba siempre quería que nosotros nos esforzáramos en no matarlas.

Entonces yo no sabía qué hacer. Se había fijado el comienzo del programa para las nueve de la mañana siguiente, y algo había que hacer ya mismo, ¿pero qué? Y Baba me había dicho que no quería que lo molestaran para nada. ¿Entonces qué podía hacer yo? Sin embargo, yo sabía cuán importante era el darshan programado. Yo sabía cuán importante lo consideraba Baba, de modo que golpeé su puerta y Baba se despertó.

“¿Qué quieres?,” me preguntó Baba con un ademán. “¿No te dije que no me molestaras?”. “Sí, Baba,” le dije, y entonces le expliqué la situación. Entonces le pregunté “¿Qué hacemos?” y él me contestó “¿Y no pueden exterminar las hormigas?”. “Sí, Baba”. Ya ven, tuvimos muchísima suerte. Sucedió, que en esa época, el ingeniero de la ciudad asignado a Pune nos estaba ayudando con los arreglos en Guruprasad. Con su ayuda podríamos conseguir que los exterminadores de plagas rociaran el suelo esa noche y mataran a todas las hormigas. Y trabajando durante toda la noche podríamos poner las sillas en su lugar antes del darshan matutino. Le conté a Baba todo esto. “Pero Baba, ¿debemos matar a las hormigas?” le pregunté. “¿Por qué no?” me contestó con ademanes. “Porque yo sé que tú siempre has querido que nosotros evitáramos matar a las hormigas si podíamos,” le expliqué. Baba hizo con su mano un gesto de restarle importancia. “Mátalas,” replicó. “Mis amantes son más importantes que las hormigas.”

De modo que llamamos a los exterminadores de plagas para que rociaran el suelo, y eso despejó la zona en la que estaban las hormigas coloradas. Trabajamos toda la noche y nadie supo nunca lo que había sucedido. Fue entonces cuando yo tuve un indicio sobre la importancia de los amantes de Baba. Eso no quería decir que ya no debiéramos tratar de evitar matar hormigas sino de poner las cosas en su apropiada perspectiva, en una perspectiva natural.

“Natural” es la palabra clave. Eso es lo que quiero recalcar. Y en cuanto a este devoto del sur, era natural pensar que él creyera que debía actuar de determinada manera: era naturalmente muy piadoso y no habría comprendido la intimidad que nosotros compartíamos con Baba. Entonces todas las veces que él venía de visita, Baba nos recordaba esto: “Hoy viene mi devoto, de modo que si alguno de ustedes quiere fumar, es mejor salga a fumar ahora porque se disgustaría si viera a cualquiera de ustedes fumando”.

Baba veía lo humorístico de eso. Nos guiñaba un ojo cuando nos tomaba el pelo por el estado de nuestra ropa, y nos decía que debíamos vestir mejor, y debíamos comportarnos apropiadamente cuando llegara este devoto.  Pero Baba se ponía muy serio cuando decía que no debíamos perturbar la relación natural de este devoto con él. Era muy grande el amor de este hombre por Baba, eso era innegable, pero no habría comprendido la manera con la que nos relacionábamos con Baba, y Baba respetaba eso. Entonces, todas las veces que él venía, Baba solía recordarnos esto: Es mejor que no hagan eso cuando este hombre venga. Acuérdense de comportarse del mejor modo posible.

Si ustedes me preguntaran: ¿debemos ser piadosos cerca de Baba? Yo les diría: “No. Sean ustedes mismos”. Este hombre característico era muy piadoso y Baba no quería que perturbáramos su piedad natural, pero eso no significa que todos tengan que actuar de esa manera. Recuerdo una vez que Baba estaba celebrando un programa de sahavas en Meherabad. No me pregunten en qué año porque ya no puedo acordarme de los años. Tal vez fue en 1955, cuando vinieron de toda la India grupos de personas de distinto idioma para pasar el tiempo con Baba. Eso es lo que sahavas significa: pasar el tiempo de manera íntima con el Amado. Para que todos comprendan cabalmente este asunto, el primer día Baba reunía a todos y les decía que debían sentirse como en su casa en Meherabad, que no quería que se preocuparan por nada, y que sus mentes debían estar libres para concentrarse enteramente en él. De modo que si llegaban a sentirse un poquito mal, debían tomar instantáneamente contacto con uno de los médicos. Debían sentirse completamente distendidos y cómodos en Meherabad. 

Y entonces sucedió que uno de los hombres tenía diarrea. Era un viejo devoto de Baba, quien se le acercó diciéndole que tenía muchos problemas médicos y debía ser cuidadoso con su dieta, y Donkin, Nilu y los médicos conversaron con él y le dieron específicas instrucciones sobre lo que debería hacer para cuidar su salud. Tendría que evitar los alimentos grasos y abstenerse de comidas fritas; no recuerdo todas las instrucciones que se le dieron, pero para hacerlo breve le dijeron con mucha precisión lo que podía y no podía comer para cuidar su salud apropiadamente. Y procuraron que él obtuviera el tipo de comida que necesitaba.

Miren el cuidado que Baba se tomaba. Estaban viviendo centenares de personas en Meherabad, pero Baba procuraba que, si alguien necesitaba allí una dieta especial, la tuviera. Entonces comenzaba el sahavas programado y todos estaban contentos porque tenían la oportunidad de pasar el tiempo con Baba. Baba estaba viviendo en Meherazad, pero yo acostumbraba a llevarlo todas las mañanas en auto a Meherabad. Baba entraba en aquella cabaña que está allí en la que ahora viven Ted y Janet, desayunaba y luego salía para mezclarse con sus amantes.

Lo que a Baba le gustaba era comer malai (crema de leche espesa) cada mañana. ¿Ustedes lo comen? No, a la leche de ustedes, homogeneizada y pasteurizada, se le quita la crema y la venden por separado. Pero entre nosotros, la leche que tenemos es directamente de la vaca lechera. Entonces la hervimos y la dejamos enfriar. Después de enfriarse, la crema sube a la superficie y la sacamos con un cucharón. Esto es lo que llamamos malai y, por costumbre, a Baba le gustaba desayunar con eso. Por supuesto, Pendu sabía esto, de modo que cada mañana le enviaba a Baba sobre la bandeja con el desayuno un platito de malai. Pendu estaba demasiado atareado como para supervisarlo todo y llevarle la bandeja personalmente, pero tenía un chico que cada mañana se la llevaba a Baba tan pronto él llegaba a Meherabad.

Pero una mañana, cuando llegamos, sólo había un poquito de malai. Baba preguntó: “¿Dónde está mi malai?”. Le dije: “No lo sé, Baba. Tal vez hubo un accidente y se derramó”. “Llama a Pendu,”, me ordenó Baba; entonces lo llamé y Baba le preguntó: “¿Dónde está el malai? ¿Por qué recibí tan poco?”. Pendu le dijo: “No lo sé, Baba. El plato estaba lleno esta mañana.” “¿Entonces quién ha comido el malai?”

Pendu llamó al chico que tenía la obligación de llevarle a Baba la bandeja, pero el chico le juró que, al abrir la pindra para llevarle el malai a Baba, había solamente un poquito. Yo sugerí: “Quizás fue un gato el que entró”, y Baba me dijo: “Ten cuidado, y procura que mañana no haya percances”.

Pero nuevamente el plato con malai estaba casi vacío. El chico que traía la bandeja volvió a jurar que no lo había comido. Pero la pindra, ¿ustedes saben qué es una pindra, no es cierto? Es una de esas grandes alacenas de madera con puerta de alambre tejido. Ahí acostumbrábamos a almacenar los comestibles, y tenía cierto cerrojo de madera que giraba con un tornillo, y cuando se lo da vuelta, se lo pone delante de las puertas para que no se las pueda abrir. Además de eso, tenían un cerrojo de metal delante de las puertas, y cada mañana, cuando el chico iba para llevarle a comida a Baba, la pindra estaba cerrada.

Entonces a Pendu no le pareció posible que pudiera ser un gato. Pensó que tal vez, a pesar de sus protestas, el chico era el único responsable de robar el malai de Baba, ¿porque quién otro podía estar comiéndolo? Todos sabían que el malai era para Baba, de modo que ninguno de sus amantes pensaría en comérselo. Pendu decidió atrapar al ladrón. Entonces esa noche puso el malai en la pindra, como de costumbre, y luego se escondió donde pudiera vigilar.

¿Y con qué se encontró? A la mañana siguiente, cuando todos estaban todavía dormidos, viene este participante del sahavas y se acerca a la pindra, la abre, la alcanza con sus dedos, recoge casi todo el malai y se lo come, y después regresa a su cama. Pendu no lo puede creer. Pero a la mañana siguiente, cuando llegó Baba, Pendu le anunció que había atrapado al gato que se había estado comiendo la crema. Y le contó a Baba quién lo había hecho. “Llámalo y que venga aquí,” le dijo Baba. 

¿Y saben ustedes quién era? Era el mismo hombre que había tenido diarrea y al que se le había dicho que debía ser muy cuidadoso con su dieta. Los médicos le habían dicho que no podía ingerir alimentos grasos, y he aquí que se estaba levantando en la mitad de la noche y se estaba comiendo directamente la crema. Baba le dijo: “¿Qué estás haciendo? Te han dicho que evites estas comidas; son malas para tu salud ¿y sin embargo las estás comiendo? ¿Y no sabías que esa crema era para mi desayuno?”.

“Sí, Baba,” el hombre replicó. “Yo lo sabía, ¿pero que iba a hacer? Yo solamente estaba siguiendo tus órdenes.” “¿Mis órdenes? ¿Qué orden te di en la que te dijera que tú debías comer mi crema?” le preguntó Baba. Y el hombre replicó: Baba, cuando llegamos por primera vez, nos dijiste que debíamos sentirnos como en casa. Bueno, en mi casa, siempre que por la noche no puedo dormir, me levanto y como un poco de malai, y luego me vuelvo a dormir. Entonces, cuando aquí no pude dormir, hice lo mismo, porque tú nos dijiste que debemos hacer de cuenta que estamos en casa.

Baba se rió y, volviéndose hacia nosotros, gesticuló: “Vean, esto es verdadera obediencia”. Y esa mañana Baba reunió a todos y les contó esta anécdota y dijo que, de todos los que estaban allí, solamente este hombre le había obedecido y lo había hecho feliz. La infantil inocencia de ese hombre conmovió a Baba. “Ustedes deben parecerse a eso,” les decía Baba. “Deben tener la clase de fe inocente que este hombre tenía”.

Y aquel hombre era realmente inocente. Sencillamente parecía un niño grande. Ustedes no pueden hacer de cuenta que poseen esa clase de infantil inocencia; no hubiera sido del agrado de Baba si otra persona hubiera usado las palabras de Baba como una excusa para hacer lo que quisiera, pero este hombre se lo tomó a pecho, sin que allí hubiera simulación ni artificio, él se estaba sintiendo sinceramente en su casa, y esto le gustaba a Baba. Esto era ser natural con Baba, y esto era lo que Baba quería y lo que él quiere. No somos naturales, yo diría que somos muy artificiales, pero Baba quiere que seamos naturales como niños en su presencia. Como niños, pero no chiquilines. 


¿Quién es Meher Baba?
Tacto