<>
Índice

Eso Fue Así

Eso Fue Así

Imposible

Esta mañana habíamos empezado con un tema y nos desviamos hablando del doctor Deshmukh, y nunca les conté las anécdotas que Susan había querido oír. ¿Se acuerdan de lo que estábamos hablando? ¿No? Bueno, por lo menos, yo me acuerdo. Yo había empezado a contarles que lo que aprendí por haber vivido con Meher Baba es que cualquier cosa es posible mediante Su gracia.

¡Ah!, ahora me acuerdo. ¿Qué clase de memoria es ésa, que sólo recuerda algo después que a uno lo hacen recordar? Baba nos contaba algo y esperaba que le hiciéramos acordar de eso. ¿Con una memoria como la de ustedes, qué harían? Pero no, está bien que no puedan acordarse, sólo estoy bromeando con ustedes, y está bien que se hayan olvidado porque eso me da la oportunidad de hacerles recordar y, al recordar, yo me acuerdo de cómo hacía acordar a mi Amado, Meher Baba. ¿Ven qué fácil y natural es recordar a nuestro Amado? Esto es lo que yo estaba tratando de que se dieran cuenta el otro día. Ustedes no necesitan sentarse y mirar fijamente su foto durante horas seguidas, ni necesitan repetir su nombre diez mil veces por día. No les estoy diciendo que no deberían hacer estas cosas. Si ustedes pueden llevar una vida normal, atendiendo a todos sus deberes materiales y obligaciones familiares, y todavía encuentran el tiempo para mirar la foto de Baba, eso es maravilloso. Pero esto no es para nada natural para la mayoría de nosotros, pues no tenemos tiempo ni está a nuestro alcance recordarlo así. Pero hay incontables maneras de recordarlo a Él en medio de nuestra vida cotidiana. Y esto es fácil y natural.

Pero ahora ustedes me hacen acordar de esto y hablaremos de esto más tarde porque si lo abordamos ahora, nunca tendremos las anécdotas que yo quería contarles. Cualquier cosa es posible mediante Su gracia.

Es fácil decir que vivir con Baba debió haber sido fácil, y muchos de ustedes lo piensan y sus mentes y corazones están seguros de eso. Sin embargo, eso no les describe correctamente nuestra vida con Baba. En realidad, nuestra vida era muy penosa y humillante. Esa certidumbre vino con el tiempo, no fue algo que se desarrolló de la noche a la mañana. Y Baba tampoco hizo que nos fuera fácil. Baba nos pedía que hiciéramos algo por él y no quería que tuviéramos esta actitud: “Bueno, Baba nos ha pedido que lo hagamos, pero no tengo que preocuparme porque, si él quiere que se haga, lo hará”. No, Baba quería que hiciéramos todo lo posible y nos esforzáramos al máximo, y cuando no lo lográbamos, expresaba su contrariedad y su desagrado, y si sabía que realmente no lo habíamos intentado de todo corazón, también expresaba su ira. Baba no quería que nos preocupáramos, es verdad, pero quería que nos tomáramos todas las molestias posibles para procurar que la tarea que nos había encomendado se cumpliera. Y esto no es fácil.

Además de esto, Baba nos pedía que hiciéramos cosas que nosotros sabíamos que eran imposibles. Esto es lo que yo estaba empezando a decirles esta mañana. En lo que se refiere a alguien como Deshmukh, que parecía no estar consciente del mundo y cuyo amor era tan inocente, él no tenía maneras de saber qué era posible y qué no lo era. Pero yo era una persona de este mundo. Entonces, cuando Baba nos daba esas órdenes, yo sabía bien que eran imposibles. Y que nadie las aceptaría. Sin embargo, nos ordenaba que las cumpliéramos.

Y entiéndanme que no podíamos emprender eso con vacilaciones. Nosotros nunca podríamos haber hecho el trabajo que hicimos si hubiéramos encarado a alguien así, muy tímidamente, disculpándonos y hablando suavemente como Davana habla aquí. Teníamos que ser intrépidos, después de todo éramos los emisarios del Emperador, y aunque en lo más recóndito de nuestro corazón sintiéramos que la orden era imposible, teníamos que actuar como si esperáramos plenamente que la otra persona accediera a la solicitud, sin importar lo extraña que ésta pudiera ser.

Yo les he contado muchas anécdotas como ésta. Les conté lo del cilantro y el abanico en el dak, pero hay dos más que recordé el otro día y que no cuento hace mucho. ¿Les gustaría escucharlas? 

La primera fue durante una fase del trabajo de Baba, cuando estaba regalando dinero a la gente. Esto fue tal vez durante la Nueva Vida, porque Baba hizo en ese entonces mucho trabajo de esa índole. Recuerden que él salió de la Vieja Vida durante un día, durante el cual recaudó dinero. Y después pasó meses recorriendo la India y regalando ese dinero.

Sea como fuere, Baba me había enviado a Kanpur. Y yo debía hacer arreglos para que ciento cincuenta personas pobres pero merecedoras de ello acudieran juntas para que Baba pudiera darles dinero. Por supuesto, yo no podía mencionar el nombre de Baba, y lo único que decía era: “Mi hermano mayor”. Y no podía hacer mención alguna de Baba prosternándose ante ellas porque entonces nadie habría aceptado. Eso lo dejaríamos librado al día mismo. Una vez que las personas estuvieran ahí y tuvieran la perspectiva de ese dinero delante suyo, entonces yo les explicaría que mi hermano mayor quería prosternarse ante cada uno y que no se debían retirar. En ese momento, podemos decir, ya sería demasiado tarde para que se negaran a ello.

Ahora bien, yo había ido a Kanpur y Baba iba a llegar dentro de dos días, por lo que tuve que hacer todos los arreglos en ese lapso. Lo primero que tuve que establecer era dónde eso podía tener lugar. Ustedes saben que sólo hacíamos esto en una calle, al alcance de todos, o algo así. Y cuando recorrí la ciudad, vi un pequeño edificio en medio de un parque. Pensé que eso estaría bien, porque no era demasiado público, era un poco aislado, y ese sería el mejor sitio para este programa. 

  A continuación yo tenía que encontrar ciento cincuenta pobres, y Baba era siempre muy exigente. No teníamos que redondear solamente unas ciento cincuenta personas, sino que tenían que ser muy merecedoras. Los pobres no escasean en la India. Pero cuando Baba decía “merecedoras” no se refería a quienes mendigaban por las calles ni a quienes estaban pidiendo limosna. Por el contrario, lo característico de estas personas es que son reacias a aceptar ayuda aunque se la ofrezcan. Esto puede convertirlas en merecedoras, pero esto también hace que sea muy difícil encontrarlas. Ahora bien, yo sabía que no sería capaz de encontrar en dos días a ciento cincuenta personas de esa índole en un sitio con el que yo no estaba familiarizado. Entonces tomé contacto en esa zona con individuos animados por similares sentimientos, y con su ayuda empecé a ir de un lugar a otro entrevistando a las personas. Esto no consistía en dos días de trabajo. Era un trabajo de una semana, pero lo hicimos sin descansar durante las veinticuatro horas del día y así nos enterábamos acerca de cierta persona que trabajaba con ahínco y realmente se empeñaba, pero por diversas razones no podía llegar a fin de mes, y yo me conmovía y le daba un boleto que la acreditaba como una de las ciento cincuenta. Y así seguía. En la tarde del segundo día yo había escogido a todos los ciento cincuenta. Les había dado los boletos a todos y les había dicho que estuvieran en el parque a la mañana siguiente a tal hora, y que mi hermano mayor estaría ahí y les daría el dinero.

Entonces fui al parque para asegurarme de que podría utilizar el edificio, y pregunté a los cuidadores quién era el dueño. Me dijeron que se trataba de un edificio municipal, por lo que, si quería el permiso para usarlo, debía acudir a la municipalidad, pues ellos sólo eran cuidadores.

Entonces fui a ver a las autoridades municipales y les expuse mi caso. Les dije que mi hermano mayor había acordado que ciento cincuenta personas pobres se encontraran en el parque y quería darles una importante suma de dinero, y les pregunté si podríamos usar el edificio. Era la tarde anterior a la llegada de Baba y yo ya había tomado contacto con las ciento cincuenta personas y les había dicho a todas que estuvieran allí la mañana siguiente. Vean en qué situación estaba yo. Era demasiado tarde para hacer cualquier otro arreglo, y entonces las autoridades municipales me dicen que no puedo usar el edificio.

–¿Por qué no? –Yo quiero saberlo. 

Ellos me dicen: 

–Eso es demasiado peligroso. 

–¿Cómo que es peligroso? 

Y me explican que han habido tensiones en la comunidad, y disturbios, y que se ha promulgado la orden de que no se permiten las reuniones públicas. Por supuesto, está bien que haya gente yendo al parque y caminando por allí, pero ahora está en contra de la ley convocar específicamente para que se junten ciento cincuenta personas.

Lógicamente, discutí con ellos, pero se negaron a darme el permiso. ¿Pero qué podía hacer yo? Tuve que seguir discutiendo hasta que, al final, me dicen: 

–Si usted todavía quiere intentarlo, tendrá que ir a ver al alcalde. Él es el único que podrá darle permiso, porque nosotros no se lo daremos.

Ya eran cerca de las seis de la tarde. El alcalde no estaría en su despacho. Baba vendría a la mañana siguiente y no habría tiempo para ver mañana al alcalde; entonces averiguo dónde vive el alcalde y voy a su casa. Golpeo la puerta y anuncio que tengo que discutir con él asuntos importantes y urgentes. Vean esto: así es como debíamos actuar. De lo contrario ni siquiera nos hubieran dejado entrar. El sirviente del alcalde me habría echado o me habría dicho que me dirigiera al día siguiente al despacho del alcalde. Pero di la sensación de que yo tenía que discutir algo muy importante, y entonces me hicieron entrar.

Y me pongo a discutir con el alcalde. 

–Eso es imposible –me dice–. La orden ha sido promulgada, y eso es demasiado peligroso.

–Por el contrario –le digo–, esto ayudará a calmar las tensiones. Será menos probable que cualquier agitador influya sobre estas personas porque sus necesidades inmediatas estarán satisfechas hasta el próximo mes. Adviertan que Baba iba a dar ciento cincuenta rupias a cada persona, y que esa era una suma importante en aquella época.

Pero el alcalde no estaba convencido. Le dije que de ninguna manera estábamos involucrados en política, y que se trataba de una mera aventura filantrópica. Y entonces me puse a echarle la culpa de todo a Baba. Dije: 

–Pero mi hermano mayor ya ha tomado contacto con la gente y organizado el programa que tendrá lugar mañana en el parque, y ya es demasiado tarde para cambiar lo programado. 

–¿Pero quién es su hermano mayor para disponer estas cosas sin consultar primeramente a las autoridades? –me preguntó el alcalde. 

–¿Pero quién es usted para impedir que ciento cincuenta ciudadanos suyos reciban un auxilio oportuno como éste? –repliqué, y así siguió la cosa.

Me dijo varias veces “No” muy enfáticamente, y que nuestra entrevista había terminado y debía retirarme. Pero yo seguí discutiendo con él, señalándole que eso no iba a causar problema alguno y que, por el contrario, mejoraría la situación, haría que los ciudadanos se sintieran mejor, redundaría en favor de él que ese programa tuviera lugar, etcétera, etcétera. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Puede decirse que fue un buen rato, o que fueron horas.

Finalmente el alcalde se incorporó y dio la vuelta a su escritorio. Yo también me incorporé. Después de todo, él era el alcalde y yo debía mostrarle un poco de respeto. Pensé que me iba a echar, pero se acercó a mí, me tendió los brazos y me abrazó. 

–Nunca en mi vida conocí a una persona tan persuasiva e insistente –me dijo–. Si su hermano mayor quiere tener su programa, ¡adelante, que lo tenga!

Entonces, a la mañana siguiente, cuando Baba llegó, el programa se desarrolló sin obstáculos. Y así sucedió todas las veces. Sucedía cuanto Baba quería. Pero no podíamos tener solamente fe en eso y después no intentarlo de todo corazón. Puedo decir que teníamos que intentarlo de la mejor manera posible y hacer esfuerzos heróicos, y aunque eso funcionaba siempre, no significaba que yo no estuviera ansioso. Les digo que yo sudaba la gota gorda, tenía mucho miedo de que se me dijera que no y de tener que decírselo luego a Baba.

Permítanme darles otro ejemplo. 

Estábamos viajando con Baba y Él estaba tomando contacto con los masts, y recuerdo que, una vez, estábamos en Madrás caminando por una muy concurrida calle lateral cuando vimos a un mast sentado en la galería de un edificio. Baba indicó que quería pasar un rato recluido a solas con el mast. ¿Qué había que hacer entonces? ¿Cómo habría que resolverlo? A veces podíamos engatusar al mast para que nos acompañara y se encontrara con Baba en cualquier lugar que estuviéramos, pero allí no estábamos en ninguna parte, estábamos viajando, y no teníamos un lugar al que pudiéramos llevarlo.

Para empezar, a veces el mast estaba en una zona un tanto aislada y lo único que podíamos hacer era quedarnos vigilando mientras Baba se sentaba con él, pero en este caso el mast estaba sentado en la galería de un banco en una calle muy concurrida. Y nosotros no teníamos tiempo. Baba siempre tenía prisa. No había tiempo para resolverlo con prolijidad, y entonces Baba me indicó que entrara en el edificio y le consiguiera un permiso para reunirse con el mast en el interior, durante quince minutos.

Pero se trataba de un banco. A decir verdad, no era un banco enorme sino una sucursal, pero aun así era un banco. Ahora bien, sabía que lo que me pedía era imposible. ¿Qué gerente de banco iba a permitir que dos personas se sentaran dentro de su banco a solas?, porque esa era la condición de Baba: no sólo que él y el mast se sentarán adentro, sino que todos los demás tenían que retirarse del banco mientras Baba se reunía con el mast. Yo sabía que esto era imposible. Al menos una mitad de mi mente podía registrar que eso se trataba de un pedido absurdo y que era humillante entrar en el banco y hacer esa propuesta directamente. Pero la otra mitad de mi mente registró simplemente que eso era lo que Baba quería y que entonces tenía que hacerlo, y tenía que hacerlo de tal manera que el gerente del banco estuviera de acuerdo.

Entonces entré y muy autoritariamente exigí hablar con el gerente. Vean esto: nuestro modo de comportarnos tenía que ser muy enérgico porque nuestra ropa no era muy impresionante que digamos. Ustedes saben cómo es esto. Si hubiéramos entrado bien calzados y trajeados, luciendo relojes caros y ropa occidental y demás, las autoridades habrían tenido que optar por escucharnos. Pero puede decirse que nosotros estábamos siempre vestidos con harapos. Era normal que no hubiésemos dormido ni nos hubiésemos bañado como era debido, ni lavado la ropa desde hacía varios días, y con nuestro aspecto de pelagatos, debíamos exigir ver al gerente del banco, al alcalde, etcétera. ¿Se dan cuenta de a qué me refiero cuando digo que no podíamos ser tímidos? Con el aspecto que teníamos, si hubiéramos actuado con timidez, nadie nos habría escuchado ni un instante. Entonces, con gran autoridad, pedí hablar con el gerente del banco.

Pocos minutos después viene el gerente y le explico que estoy ahí en nombre de mi hermano mayor, quien tiene que atender un asunto muy importante y delicado, el cual solamente el gerente podrá resolver. Lógicamente esto despierta su curiosidad y también apela un poco a su vanidad, de modo que me pregunta de qué se trata. Le digo que estábamos viajando y que, al pasar por Madrás, mientras caminábamos por la calle, mi hermano vio a un viejo amigo suyo. Había perdido contacto con él, y ahora, después de largo tiempo, lo volvía a ver. El único problema era que el amigo no le responde, y a mi hermano mayor le gustaría poder sentarse unos minutos con él. Como es el caso que este hombre está sentado en la galería de su banco, lo ideal sería que mi hermano pudiera entrar y sentarse un rato con su amigo dentro del banco para pasar unos momentos a solas, lejos del bullicio de la calle, y tal vez entonces el hombre le responda. 

–Sí, ¿pero qué es lo que usted quiere de mí?

–Bueno, lamento haberlo metido en este lío, es muy amable de su parte lo que está haciendo, ¿es que acaso tengo otra opción? ¿De qué otra manera podría mi hermano tener un momento a solas con su amigo? –Vean, me estaba disculpando por causarle tantos problemas como si el gerente ya hubiera aceptado mi solicitud. Y continué y le expliqué que sería mejor que todas las demás personas abandonaran el banco.

–¿Pero qué es lo quiere usted? ¿Quiere que yo pida a los empleados que se vayan? –me pregunta el gerente con un dejo de asombro. 

–Sí –le contesto–, pero no se preocupe. Ellos pueden quedarse en la galería, y yo también me quedaré vigilando en la puerta para ver que no entre nadie más, y entonces usted no tiene que preocuparse, pues eso durará solamente unos pocos minutos, y ésta será una oportunidad maravillosa para mi hermano mayor –etcétera, etcétera.

El gerente vacila, como si estuviera cuestionándose, pero al final acepta y les pide a todos los clientes y a todos los cajeros, e incluso al guardia, que se retiren, y permite que Baba y el mast entren y utilicen el banco. Recuerdo esto tan vívidamente porque todavía había dinero esparcido por ahí. El gerente había dispuesto que todos se retiraran de inmediato, y todas las operaciones simplemente se suspendieron. Pero el gerente aún permanecía ahí, y entonces le dije: 

–Por favor, señor, salga usted también. Todos nos quedaremos en un rincón de la galería. –Entonces salí, actuando como si esperara que él viniera conmigo, y él vino. Y entonces, sin siquiera pedirle permiso, cerré las puertas detrás de nosotros como si el banco me perteneciera y lo clausuré, y nos quedamos ahí mientras Baba tomaba contacto con el mast. 

La situación era imposible, si piensan en ella desde el punto de vista propio del mundo; incluso era absurdo sugerirla, pero, mediante Su gracia, fue posible. Tan pronto Baba salió, yo pude observar que ese contacto había resultado bien y que Baba estaba muy contento, entonces le di las gracias al gerente y nos fuimos. Pero esto que nosotros representábamos fingiendo una autoridad que no teníamos, al menos en el sentido del mundo, era una parte necesaria de nuestras vidas con Baba. Como estábamos sirviendo al Amado, ciertamente teníamos esa autoridad, pero aun así era penoso para nosotros tratar de ejercerla. Permítanme darles otro ejemplo.

Me acuerdo de una vez que estábamos en algún lugar de Surat. No lo recuerdo exactamente, tal vez fue en Kawnpore. Había sido un largo viaje, hacía muchísimo calor y quedaban algunas horas de espera antes de hacer la combinación con nuestro tren. Todos estábamos exhaustos, y entonces Baba nos dijo: “¿Dónde deberíamos descansar?”

La estación era enorme y no había en los andenes un sitio en el que pudiéramos descansar, y nosotros tampoco queríamos hacerlo. Pero cuando cruzamos la pasarela sobre las vías –ustedes quizás hayan visto cómo, en la India, en las grandes estaciones, hay pasarelas que cruzan las vías, de modo que se puede pasar de un andén al otro– desde ahí pudimos ver el pueblo circundante, y Baba se fijó en una casa tranquila y aislada, y nos dijo: “Iremos allá”.

Entonces estudié la dirección de la casa porque tenía que imaginarme cómo caminaríamos una vez que bajáramos, y me fijé en varios puntos destacados, de modo que pude conducir a Baba hasta allá, y empezamos a caminar acarreando todo el equipaje sobre nuestras cabezas. El caso fue que la casa era un godown (depósito) del Departamento de Obras Públicas. Allí había un lindo edificio, con algunos árboles y césped, y se lo veía perfecto, pero tenía cerrada la entrada. Entonces llamé al portero: 

–Eh, usted allí, acérquese hasta aquí y abra esta puerta. 

Actué como si yo tuviera todo el derecho de estar ahí y su deber fuera el de obedecerme. Entonces el hombre se acercó y le dije: 

–Abra, queremos entrar y descansar un rato.

Me dijo que no podía hacer eso ni podía dejar entrar a nadie sin el debido permiso. Yo le dije que no era cuestión de autorización, que no íbamos a entrar en ninguna de las habitaciones del depósito, que estábamos viajando y sólo queríamos descansar un rato bajo los árboles. Y le ordené: 

–No nos tenga aquí esperando, eso no está bien, abra la puerta ahora para que podamos descansar. 

¿Y qué podía hacer el pobre portero? Entonces abrió la puerta y nos dejó entrar. Recuerdo eso muy bien porque dormimos plácidamente. Recuerdo que Baba se acostó a mi lado debajo de un árbol, y el resto de los mándalis estaban cerca, y todos dormimos. Estábamos muy agotados.

Lo que supe a continuación fue que Baba me estaba sacudiendo: 

–Eruch, levántate. Mira allá. ¿Qué está sucediendo? –me decía con gestos. Me incorporé y vi que un funcionario se acercaba a la entrada y estaba maltratando verbalmente al portero. Le gritaba: 

–¿Quiénes son estos extraños? Por ese motivo se mantiene cerrada la entrada, de modo que nadie pueda entrar. 

Estaba enojadísimo. Resultó ser el ingeniero en jefe. Debió haberse detenido para inspeccionar y nos vio a todos acostados y durmiendo en el predio, y se puso furioso con el portero. Finalmente le dijo: 

–Está despedido –y luego se marchó en su coche.

Baba se volvió hacia mí y me dijo: 

–Ves lo que ha sucedido. Esta pobre persona ha sido despedida por causa nuestra. Haz algo.

–Pero Baba, ¿qué puedo hacer?

–Ve a decirle al funcionario que no somos pelagatos. Somos personas de jerarquía. Dile quién es tu padre y mira qué puedes hacer al respecto.

Entonces fui a ver al portero y le dije: 

–¿Quién era ése? 

Y me dijo que era el ingeniero en jefe.

–Ah, ¿y dónde vive? 

–No vive aquí. Está recorriendo.

–¿Pero dónde podría estar ahora?

–Se ha ido al albergue del gobierno, y usted puede encontrarlo ahí.

Entonces fui al albergue. Fíjense que yo todavía tenía puestos los pantalones cortos. Baba me había despertado diciéndome que fuera y no había tiempo para vestirme; de modo que fui al albergue, golpeé la puerta y encontré al ingeniero. No sé qué habrá pensado al verme, pero no le di la oportunidad de que me dijera algo. Me disculpé. Le expliqué que yo había sido uno de los que estaban durmiendo en el predio y que me había apenado muchísimo haber escuchado el altercado con el portero. 

–La culpa no es de él, después de todo –le dije–. Le pedí permiso para estar ahí y cuando averiguó quiénes éramos, nos dio permiso. No le abrió la puerta a nadie.

–¿Pero quién es usted?

–Mi padre es inspector en jefe de calderas y fábricas.

–¡Ah! –me dijo el ingeniero, y pude ver que estaba impresionado. Su tono cambió por completo porque mi padre tenía tan alto puesto. Y le expliqué que éramos un grupo que había salido en peregrinación y habíamos estado viajando largo tiempo en tren, estábamos muy cansados y sólo queríamos descansar unas pocas horas. Le expliqué que le habíamos asegurado al portero que no usaríamos ninguna de las habitaciones. Sólo queríamos descansar unas pocas horas al aire libre.

El ingeniero me dijo que no había problema y que había sido un malentendido. Y que ahora que lo entendía, estaba todo bien.

–No, señor –le dije–, ¿y qué ocurre con el portero? Usted lo despidió.

–No se preocupe por eso, me encargaré de que no le pase nada –me aseguró. Pero yo no estaba seguro. Conocía el modo de ser de Baba y sabía que si volvía adonde estaba Baba y le informaba, no se sentiría satisfecho con esto, y por eso continué: 

–Discúlpeme, señor, pero el portero está realmente muy apenado por esto.

Adviertan que era yo quien estaba preocupado por esto, pero no podía decirlo. Entonces le eché la culpa al portero y dije:

–Por favor, señor, ¿se arreglaría todo si yo trajera al portero hasta aquí para que usted pudiera decirle personalmente que no lo está despidiendo?

–¿Cuánto demoraría?

–No mucho. Puedo traerlo hasta aquí en quince minutos más o menos. 

El ingeniero estuvo de acuerdo, y eso fue lo que hice. Y sólo entonces me sentí aliviado porque sabía que ahora Baba estaba contento. Y todos tuvimos un buen descanso en el predio.

Entonces, con el paso de los años, quizá cuando veíamos que cada vez lo imposible se volvía posible, empezamos a confiar interiormente en que Baba “giraría la llave”, pero aun así teníamos que hacer siempre lo mejor que podíamos, teníamos que esforzarnos totalmente, y no podíamos engreírnos cuando teníamos éxito. Y por supuesto, aunque yo digo que eso funcionaba siempre, que lo imposible se tornaba posible siempre, aún teníamos muchas experiencias en las que lo posible se volvía imposible sin que fuéramos capaces de realizar algo que superficialmente pareciera muy sencillo. De modo que nunca podíamos distendernos, existía siempre esa tensión, al menos durante los primeros años. Y cuando lo lográbamos, no podíamos pavonearnos. Les conté la anécdota de cuando yo había hecho para Baba un trabajo muy difícil y me sentí un tanto orgulloso de haber realizado esa difícil tarea, y cómo Baba me desinfló el orgullo ordenándome que comiera excremento; y aunque nunca supe de una sola vez en la que las imposibles órdenes de Baba no se tornaran posibles mediante Su Gracia, era para nosotros una dolorosa experiencia procurar obedecerlas. Y es por eso que les digo que no tienen idea de lo penoso y humillante que era nuestra vida con Baba.

Salud
Kirpal Singh