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Eso Fue Así

Eso Fue Así

Palacios en el cielo

Una vez Baba nos pidió que definiéramos a Dios. Hicimos varios intentos, pero Baba no quedó satisfecho. Nos dijo que cuando se pregunta “¿Qué es Dios?”, la respuesta es: “¿Qué no es Dios?”. Luego continuó: 

–Era tras era, desde tiempos inmemoriales, ustedes han estado tratando de encontrar a Dios, pero no lo logran. Solamente uno entre decenas de millones de personas realiza a Dios de una manera u otra. ¿Pero por qué son tantos los que sincera e incondicionalmente pugnan por encontrarlo y tan pocos Lo encuentran? Si Dios existe, y Él ciertamente existe, ¿entonces por qué no lo podemos encontrar?

Baba contestó su propia pregunta. 

–El hombre comete una tontería al tratar de encontrarlo. ¿Cómo podría alguien encontrar algo que nunca perdió? Dios eternamente es. Suspendan su búsqueda para encontrarlo, piérdanse a ustedes mismos y Lo realizarán. 

Eso es lo que Baba nos enseñó. Realizamos a Dios tan pronto nos perdemos a nosotros mismos: no buscándolo sino disolviéndonos; no aseverando que somos buscadores de Dios, y categóricamente reafirmándonos a nosotros mismos, sino disolviéndonos en Su amor. 

Piérdanse a ustedes mismos recordándolo más y más. Nosotros seguimos siendo los mismos y ahora lo recordamos. Cuando Baba estaba físicamente con nosotros, su presencia era tal que no había lugar para el recuerdo. Nuestro estar presentes aquí unos con otros es muy diferente a estar en presencia de Baba. Ahora, en presencia de ustedes, mi mente tiene un amplio margen para recordar aspectos de su vida, pero su presencia era tan abrumadora que nos envolvía totalmente. A nosotros no nos quedaba nada. Nada. Ni siquiera el pensamiento de que debíamos recordarlo.

Pero presten atención: los pensamientos estaban allí, pero eran pensamientos que giraban en torno de Baba, de su bienestar, de su comodidad y de su trabajo. Podría decirse que los pensamientos nos molestaban, pero todo eso no era realmente una molestia porque se trataba de un juego en el que pasábamos todo el tiempo asociándonos con él y dirigiéndonos hacia él.

La meditación tiene una sola finalidad: calmar la mente del aspirante y hacerle pensar menos en la vida y, finalmente, hacerle olvidar totalmente su ego falso. En cambio, si la meditación hiciera que uno se acuerde de sí mismo o de sí misma, no se cumpliría la finalidad de la meditación. Hay que evitar apegarse a cualquier forma de meditación. En tal caso la meditación se convierte en un ritual.

Meher Baba reveló a quienes vivían con él que la verdadera meditación consiste en recordarlo constantemente en la vida cotidiana. Ya sea que comamos o bebamos, estemos de festejo o ayunemos, atendamos al llamado de la naturaleza o nos bañemos, ya sea que estemos ocupados en una oficina comercial o descansando en la cama, ya sea que estemos meditando en un lugar o divirtiéndonos, durmiendo o yendo de acá para allá, debemos pensar siempre en él. Debemos tenerlo siempre como nuestro constante compañero. No hay mejor manera de meditar que ésta. Esta es una meditación espontánea. No hay hora, lugar, postura, principio ni austeridad prestablecidos para esta meditación en la que cada aliento lo dedicamos a su recuerdo.

Al final nos olvidamos totalmente de nosotros mismos, y actuamos y vivimos solamente en Su Gracia. Verdaderamente bienaventurada es semejante vida.

Esto es lo que hemos reunido acerca de la meditación. ¿Después de todo, qué es la meditación? Mientras vivíamos con él no había margen para la meditación. La meditación requiere cierta separación. Todo nos involucraba todo el tiempo con su presencia. No podríamos meditar sobre él cuando él nunca estaba ausente.

Un día Baba les preguntó a los mándalis que era más difícil, si dar la vida o perderla. Se lo preguntó a cada uno, y luego uno dijo: 

–Por supuesto, perderla, Baba. 

Baba le contestó: 

–Tienes razón. ¿Qué hay al dar la vida? Es comparativamente fácil que den la vida por una gran causa, por el honor, por la religión o por el país. Por un impulso repentino, hasta los cobardes pueden dar la vida. Pero perderla es morir a cada instante. Cada segundo uno sufre el intenso dolor de la aniquilación del ego para culminar en una total entrega a la Voluntad Divina.

En presencia de Baba existía el continuo proceso de perder la vida ante él. Estábamos vivos y, al mismo tiempo, muertos. Por así decirlo, no teníamos que estar allí, y nuestro ego no tenía que estar presente y vivo; sin embargo, no teníamos que dejar que nuestro ego estuviera presente.

Por supuesto, había veces en las que a Baba lo dábamos por sentado. Y sí, también había veces en las que nos sentíamos abatidos, entonces Baba en su compasión nos contó esta historia. No mencionó nuestro estado de ánimo ni nuestra actitud hacia él; simplemente nos preguntó si nos gustaría escuchar una historia, y entonces empezó a contarla. 

En Persia había cierto emperador cuyo reino era vasto. Gobernaba con justicia, reinaba la paz y sus súbditos eran muy felices. Un día, sin previo aviso, el emperador salió a caminar por las calles de la capital en lugar de quedarse sentado en su trono. Los cortesanos y funcionarios consideraron por un tiempo que esto era un capricho, pero pasaban los días y el emperador continuaba vagando por las calles. Entonces empezaron a sospechar que algo no andaba bien.

Fueron a ver al emperador y le rogaron: 

–¿Señor, no regresaréis ahora a vuestro palacio? 

Pero él replicó: 

–¿Palacio? ¿Qué palacio? Mi palacio está aquí, aquí está la cúpula de mi palacio –les dijo señalando el cielo. 

Ellos comprendieron que algo estaba mal en la mente del emperador y decidieron unánimemente que su hermano menor y la esposa de éste fueran entonces el rey y la reina.

El emperador siguió vagando por la ciudad, mendigando la comida, indiferente a su situación. Entonces se lo conocía familiarmente como Bahlul, y pronto el pueblo se olvidó de que había sido el rey, y Bahlul se convirtió en el hazmerreír y en el objeto de burla por parte de los niños. Pero la esposa del hermano de Bahlul, ahora la reina, siempre guardó un lugar especial en su corazón para Bahlul y nunca consideró siquiera que se hubiera vuelto loco: más bien lo respetaba como alguien que fue impactado por el amor a Dios.

Pasaron los años. Un día la reina estaba paseando con sus damas por la ribera y se acercó a Bahlul que estaba jugando con la arena. Ahí sentado, él escarbaba la arena con sus manos, formaba con ella un enorme montón y luego la hacía a un lado escarbando y la volvía a juntar mientras reía entre dientes. La reina se sintió atraída a conversar con él.

–Bahlul, ¿me reconoces? ¿Sabes quién soy?

–Por supuesto, sé quién eres. Eres la emperatriz de este reino. 

–¿Qué estás haciendo, Bahlul? 

–¡Oh, estoy muy ocupado! Estoy construyendo castillos en el cielo para quienes los merecen. 

–¿Estás construyendo castillos aquí? 

–Sí. 

–¿Yo merezco uno, Bahlul? 

Bahlul la miró un instante. 

–Sí –replicó. 

–¿Entonces me construirás un castillo? –le preguntó ella. 

–Por supuesto, pero tendrás que pagar su precio. 

–¿Cuál es su precio? –Entonces él le señaló las piedras preciosas que ella tenía puestas.

Aunque eran una herencia de familia que su esposo le había regalado, ella se las sacó rápidamente y se las dio a Bahlul. Él las miró y luego, riéndose mientras lo hacía, tiró las gemas al océano, una por una. Después de tirar al agua la última gema, él alzó la vista hacia ella y le dijo: 

–Ahora vete. Todo está construido en el cielo para ti. Vete.

La emperatriz y sus doncellas se retiraron muy contentas y disfrutaron la playa. A la emperatriz nunca se le ocurrió que podría haber hecho algo malo. Aquello era para ella un simple collar de piedras preciosas, nada más, y lo olvidó por completo. Pero pocos días después el rey notó que su esposa no usaba más el collar. 

–¿No te gustó el collar que te regalé? –le preguntó. Ella se acordó repentinamente del episodio. 

–Sí, me gustaba, pero lo regalé –confesó. 

–¡Lo regalaste! ¿A quién se lo diste? 

–A Bahlul. 

–¡Qué! ¿A Bahlul, el loco?

–Sí, él me lo pidió –y entonces le relató todo el episodio.

El rey estaba furioso, y sobrevino entre ambos una fuerte discusión. Él trató de hacerle entender a ella que no tenía derecho a regalar el collar, pues en verdad no le pertenecía a ella sino al reino: era parte del tesoro real. Ella replicó que un collarcito no importaba. Y además, ¿qué daño había hecho? Después de todo, Bahlul era el verdadero emperador y con derecho al collar si él quería.

Como ustedes pueden imaginar, una palabra trajo la otra y al final se enojaron tanto que dejaron de hablarse por completo. Pasaron los días y ni uno ni otro se decía una sola palabra. Hasta que una noche, en medio de la noche, el rey tuvo una espantosa pesadilla. Se sacudía y daba vueltas en la cama, quejándose y gritando, evidentemente muy afligido. Aunque ella todavía estaba enojada, se le ablandó el corazón, se apiadó de su marido y lo despertó.

Él despertó gimiendo, empapado de transpiración. 

–¡Oh, qué pesadilla tuve! 

Se sentó en la cama y le narró el sueño.

Todavía recuerdo muy claramente los gestos de Baba al dar todos los detalles: su modo de mover la cara hacia un lado para mostrar cómo la reina se negaba a hablar con su esposo, y la manera con la que representaba el papel del esposo, con su pesadilla y su posterior despertar temblando. Yo no puedo darles la vívida descripción que Baba nos dio de todo esto, pero les estoy dando lo esencial de la historia, la comida por así decirlo, sin especias ni condimentos.

El rey le dijo: 

–Soñé que estaba muerto y me hacían atravesar los portales del cielo. Durante un tiempo vagué de un lado al otro disfrutando el espectáculo, pero gradualmente empecé a cansarme y anhelé un lugar en el cual pudiera quedarme. Alrededor había muchos castillos, pero cada vez que yo trataba de entrar en uno de ellos, el dueño me detenía diciendo: ‘Esto es mío’. En todos los lugares y todas las veces ocurría lo mismo. Yo me cansaba cada vez más. Estaba abatido y, finalmente, incluso espantado. ¿Cuándo encontraría yo alguna vez mi propio lugar?

“Sin embargo fui a otro castillo, pero al acercarme, se abrió una ventana en el primer piso y vi tu rostro. Me sentí muy aliviado porque al final yo había encontrado mi propio castillo. Subí corriendo para entrar pero, al hacerlo, me detuviste diciendo: ‘Aquí nadie puede compartir un castillo. Cada uno tiene el suyo’. Y entonces me dejaron afuera una vez más. La experiencia fue aterradora. En ninguna parte había sitio para mí. Y eso ocurría cuando me despertaste.”

La reina consoló al rey, lo ayudó a calmarse, pero luego le recordó esto: 

–¿Te acuerdas de lo que sucedió la semana pasada? –Incapaz de contenerse, la reina le dijo cortantemente–: Estabas tan furioso conmigo porque le había dado el collar a Bahlul cuando él se ofreció para construirme a cambio un castillo en el cielo, ¡y fíjate ahora cómo son las cosas! –Pero el rey estaba demasiado afligido como para que le gustara que la reina lo reprendiera, por lo que ella cedió y le sugirió esto–: ¿Por qué no le pides a Bahlul que te construya un castillo en el cielo? Él es tu hermano y seguramente te lo construirá si se lo pides. 

El rey estuvo de acuerdo y trajeron a Bahlul al palacio. Se le dio un buen baño, después lo engalanaron con regios ropajes y lo hicieron sentar frente al trono del rey.

–Bahlul, ¿sabes quién soy yo y quién es la dama que está aquí? –le preguntó el rey. 

–Sí –replicó Bahlul–, tú eres mi hermano. También eres el rey, y la dama es tu esposa, la reina. 

–¿Recuerdas, Bahlul, que a ella le dijiste en la playa que estabas construyendo castillos en el cielo para quienes los merecían?

–Sí, eso es lo que yo hago todo el tiempo. 

–¿Yo no merezco un castillo en el cielo? ¿No me construirías uno? 

–Puedo hacerlo, por supuesto, pero tendrás que pagar su precio –le contestó Bahlul. El rey se sacó inmediatamente del cuello un collar de perlas y se lo entregó a Bahlul. Éste miró al rey y le dijo–: ¿Qué más? –El rey agregó otro collar, pero Bahlul le contestó otra vez–: ¿Qué más? –El rey agregó cada vez más alhajas, pero Bahlul permaneció inmutable y siguió preguntándole–: ¿Qué más? –El rey se despojó de todas sus alhajas, e incluso mandó que fueran al tesoro real para que trajeran algunas joyas muy finas, pero la respuesta de Bahlul nunca cambió–: ¿Qué más?

Finalmente el rey estalló: 

–¿Por qué es que mi esposa te dio solamente un collar y le construiste un castillo, pero conmigo me sigues pidiendo cada vez más, diciendo ‘¿Qué más?’ ¿Por qué es que mi castillo vale más que el castillo de ella? 

Bahlul se rió:

–No sería suficiente aunque me ofrecieras todo tu reino.

El rey estaba consternado. 

–¿Por qué? ¿Qué he hecho?

Bahlul replicó: 

–Tú sabes lo que vale un castillo en el cielo. En la playa tu esposa simplemente aceptó mi palabra de que yo estaba construyendo un castillo en el cielo. Me dio de inmediato el precio que le pedí. No regateó ni se entregó de manera calculada. Pero aquí, ahora, contigo, hay un regateo porque tú sabes lo que vale lo que estás buscando. No sería suficiente aunque me entregaras todo tu reino. Entrégame tu reino y entrégate tú mismo, y sólo entonces puedes tener tu propio castillo en el cielo.

Aquí terminó Baba la historia y comentó: 

–¿Saben ustedes lo que esta historia significa? Cuando primeramente les pedí que dejaran todo, vivieran conmigo y obedecieran mis órdenes, ustedes lo hicieron sin saber lo que estaban haciendo. Se sintieron impulsados a hacerlo y se desprendieron de todas las cosas que tenían en el mundo a fin de estar a mi lado y vivir conmigo. Pero ustedes no conocían el valor de lo que estaban haciendo.

“Pero llegará un tiempo en el que mundo sabrá de mí y de quién soy. Entonces, ese precio será demasiado pequeño aunque los emperadores del mundo se desprendieran de sus reinos para estar conmigo. El pequeño precio que ustedes pagaron para estar a mi lado fue suficiente para mí porque ustedes no sabían lo que estaban haciendo pero tuvieron plena confianza en mi palabra sin anticiparse a lo que ganarían haciéndolo.”

He ahí por qué a veces les decimos a todos los que vienen cuán afortunados son por venir ahora cuando lo que los trae es solamente el amor. Llegará el día en el que todo el mundo sabrá quién es Baba y vendrán aquí en multitudes, y muchísimos vendrán a ver a Baba, ¿pero por qué vendrán? Vendrán con la intención de regatear y de conseguir algo de eso. Hasta a aquellos que sean sinceros les costará mucho excluir de su mente esas motivaciones, pues esa época será beneficiosa para quienes vengan a ver a Baba, y será bueno, para los negocios personales y para la propia reputación, que se sepa que uno sigue a Baba. Entonces ahora es bueno poder acudir a Baba cuando el único incentivo es el amor.


Loco y mast
Los primeros años