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Eso Fue Así

Eso Fue Así

Jal Kerawala

Ustedes saben que Jal Kerawala fue un ser que verdaderamente vivió para Dios y murió por Dios. Su padre trabajaba en una fábrica que mi padre inspeccionaba. El padre de Jal se enteró de Baba por medio de mi padre. A Jal le informaron cuando Baba fue a Nagpur en 1937, y se encontró entonces con él por primera vez. Jal era un hombre brillante, y después de cursar sus estudios estuvo al servicio del gobierno. Rápidamente ascendió a un alto cargo y finalmente fue nombrado jefe de un gran distrito en el que ahora está Madhya Pradesh.

En 1945 estábamos con Baba en esa zona. Baba nos dijo que deseaba efectuar un trabajo especial permaneciendo recluido en Darjeeling. Fui enviado a Raipur con un mensaje para Jal Kerawala, y después debía seguir viaje hacia Darjeeling con el fin de encontrar un sitio adecuado para el trabajo de Baba. Según recuerdo, había cinco condiciones que debían cumplirse. Baba quería un sitio que fuera completamente aislado y que estuviera en las montañas. También se suponía que debería haber cuevas cerca de donde podría estar Baba. Baba quería hacer algún trabajo importante, y que el lugar elegido tuviera una atmósfera espiritual y, si lo recuerdo correctamente, que dentro de lo posible tuviera alguna conexión con santos anteriores. Yo tenía que adelantarme y enviarle a Baba un telegrama cuando encontrara un sitio que me pareciera adecuado. Pero cuando llegué a Raipur y le expliqué a Jal cuál era mi misión, Jal me dijo que no había necesidad de ir tan lejos y que en su distrito había muchos lugares que reunían esas condiciones. Me preguntó: 

–¿Por qué hay que hacer viajar a Baba tan lejos? ¿Puedes esperar un día o dos? –Le dije que sí, y Jal citó inmediatamente a los jefes de los departamentos de su jurisdicción y empezó a preguntarles si sabían de algún lugar como ése en sus zonas. Lo discutieron y dijeron que existía un famoso lugar, Sinahawa, en Sarguja, situado en el bosque. Allí había montañas y cuevas. Y se decía que el famoso sabio Angiras se había sometido a severas penitencias en esa zona. De hecho, a una de las colinas de esa región, se la conoce como Angarishi Pahad, por el nombre de aquel sabio.

–¡Eso suena perfecto! –dijo Jal. 

Los jefes de los departamentos replicaron: 

–El problema consiste en que es muy difícil llegar a la cueva, e imposible en auto, pues no hay caminos.

–Bueno, hagamos entonces un camino –les sugirió Jal.

–¡Montaña arriba!

–¿Y qué pasa si sólo hacemos un camino al pie de la montaña?

–Pero eso es imposible, todo es un bosque muy espeso, muy tupido. Allí no hay manera de hacer un camino.

–¡Tonterías! –replicó Jal, pidió mapas geodésicos de la región e inmediatamente empezó a trazar un camino a través del tupido bosque de teca hasta el pie de la montaña. 

La zona era selvática, pero en medio de los bosques había un pequeño campamento construido para la tala de árboles. Jal decidió que empezarían el camino desde allí. Usarían a todos los leñadores, que ya estaban ahí, para que ayudaran a abrir la nueva senda en medio de la espesura. Esto haría las cosas un poco más fáciles, pero todavía implicaba abrir un camino a través de kilómetros de espesura.

Cuando trazaba la ruta, los jefes de departamentos, que conocían la zona, comentaban las dificultades que afrontarían. 

–Pero allá hay arroyos, ¿y cómo va a hacer para que el auto los cruce?

–Pondremos troncos sobre los arroyos.

–Pero algunos arroyos son demasiado grandes para eso.

–Entonces pondremos allí dos búfalos de agua y ellos podrán tirar del auto para que cruce. –Cuando le señalaban que cierto curso de agua era demasiado ancho incluso para que un par de búfalos tiraran del auto, Jal les contestaba–: Si dos no bastan, entonces llevaremos doce.

Mientras los jefes de departamentos de Jal buscaban razones de por qué eso no se podía hacer, Jal estaba decidido a hacer todo lo posible. Dispuso que en el campamento de los leñadores almacenaran nafta para que los autos trajeran al grupo de Baba. Como en la zona no había aldeas, todas las provisiones tendrían que enviarse al campamento y luego transportarse también hasta el lugar de reclusión de Baba. 

–Eso me recuerda –dijo Jal–, que deberíamos llevar un búfalo hembra para la montaña con el fin de que Baba pueda tomar leche fresca.

–Eso no funcionará –fue la objeción de los jefes de departamento–. El olor de los animales salvajes asustará al búfalo, que no podrá dar leche.

–Conseguiremos que guardabosques de la zona vayan allá antes de que Baba llegue y ahuyenten a los animales salvajes.

–Pero esos animales volverán otra vez cuando huelan que el búfalo está ahí.

–Entonces podremos estacionar a los guardabosques alrededor de la montaña para que esos animales no regresen. También les haremos encender fogatas para tener a raya a los animales. –En resumen, Jal hacía frente a cualquier objeción que le planteaban.

–¿Entonces creen que podrán hacerlo? –les preguntó Jal. A regañadientes, todos estuvieron de acuerdo en que lo podrían hacer si les dieran tiempo suficiente–. ¿Qué les parecen veinte días?

–Sí, si cooperan todos.

–No se preocupen. Me encargaré de eso –les aseguró Jal. 

–Bueno –les preguntó Jal–, ¿qué me dicen? ¿Deberíamos enviarle a Baba un telegrama diciéndole que lo podremos hacer?

–Si usted quiere que lo hagamos, lo intentaremos –replicaron los jefes de departamento. 

–Sí, quiero que ustedes lo intenten porque mi compromiso es con mi maestro. –Y Jal siguió recalcándoles lo importante que era Baba y que todo eso se estaba haciendo por Baba. Recuerdo todos los pormenores porque estuve allí mientras sucedía todo esto. Jal fue siempre muy concienzudo y si le decía a Baba que iba a hacer algo, nunca dejaba de encargarse de hacerlo. Todos sus hombres le dijeron que harían lo mejor que pudieran y entonces Jal se volvió hacia mí y me dijo–: ¿Por qué no esperas hasta que tengamos noticias de Baba? Tal vez él esté de acuerdo en pasar el trabajo de Darjeeling a Sinahawa.

Le envié un telegrama a Baba explicándole la situación y diciéndole que se cumplirían todas las condiciones y que el lugar de reclusión podía estar preparado en veinte días. Baba contestó que Jal debía empezar el trabajo inmediatamente, y que yo debía regresar adonde estaba Baba sin pasar por Darjeeling.

Lo hice, pero pocas semanas después, regresé con Pendu, Baidul, Chhagan y Gustadji. Fuimos en un camión con el equipaje y provisiones que Baba necesitaría, como por ejemplo pólvora, comestibles, leña, etcétera. Nos adelantamos a Baba para asegurarnos de que todo estuviera listo para cuando él llegara. Como yo había estado ahí cuando el plan se propuso por primera vez, tenía alguna idea de las dificultades que Jal afrontaría, pero no llegué a saber lo enorme que era toda la tarea que él había emprendido hasta que yo mismo recorrí esos caminos. El bosque era muy tupido, y había incontables arroyos que había que vadear. Justo antes de ir al campamento de los leñadores, nos sorprendió cuán primitiva era la zona ¡y todavía ni siquiera habíamos entrado en el nuevo camino! Hasta cuando íbamos por el camino regular podíamos ver leopardos en la fronda y oír los rugidos de los tigres. No podíamos imaginar cómo sería la montaña misma.

Nos detuvimos en el campamento para proveernos de nafta. Teníamos grandes bidones que habíamos traído para llenarlos. En el campamento había un pequeño depósito, de unos tres metros por tres metros; en su interior había enormes tambores de nafta. Era de noche cuando llegamos, y yo entré en el depósito con mi bidón para llenarlo. Los grandes tambores tenían válvulas en el fondo, abrí la espita y empecé a llenar mi bidón. Estaba muy oscuro porque era de noche. Uno de los hombres del campamento entró en el cuarto con un farol para que yo pudiera ver mejor; lo único que yo llevaba era una linternita. No sé qué estaba pensando el hombre porque, por supuesto, tan pronto entró con el farol, las emanaciones de la nafta se prendieron fuego y el bidón que yo estaba llenando estalló en llamas. 

De alguna manera tuve la lucidez como para cerrar la espita con el fin de que ese enorme tambor no explotara, pero el bidón despedía llamas. Miré alrededor, recogí una alfombra y la arrojé sobre el bidón para tratar de sofocar las llamas. Luego empecé a arrastrar el bidón sacándolo del cuarto para que todo el lugar no explotara. Todo sucedió tan rápidamente que nadie supo qué hacer. Logré arrastrar el bidón fuera del cuarto, pero cuando estaba retrocediendo, de espaldas al cuarto, no pude ver lo que estaba sucediendo y salí a la galería, cayendo hacia atrás en el piso. El bidón podría haber caído sobre mí, causándome graves quemaduras, pero Baidul vino corriendo y le dio un fuerte puntapié al bidón. Creo que ya les conté sobre la fortaleza de Baidul. Bueno, ese puntapié no sólo tiró el bidón fuera de la galería sino que salió volando sobre mi cabeza hasta el piso detrás de mí.

Pero ni siquiera entonces terminaron nuestros problemas porque este era esencialmente un campamento de leñadores, y había madera y leña amontonadas en todo el lugar. Todo el lugar no hubiera tardado mucho en incendiarse, pero afortunadamente pudimos echar tierra sobre el bidón y apagar el fuego antes de que se esparciera. Después de apagar el fuego regresamos y volvimos a llenar nuestro bidón, asegurándonos de que nadie se acercara con un farol, y entonces nos pusimos en marcha hacia la montaña por el camino recientemente construido.

Llegamos al pie de la montaña al amanecer y descubrimos que Jal había dispuesto que una larga fila de personas se encontrara allí con nosotros y empezaran a llevar todas las provisiones cuesta arriba por la montaña hasta el campamento que él había preparado para Baba. Subimos caminando por la montaña y nos sorprendió ver todo lo que Jal había hecho. Había construido una pequeña cabaña para Baba en la cima misma de la montaña. Cerca de un costado de la cabaña había una pequeña cueva natural desde la que uno tenía una magnífica vista del bosque circundante. En las cercanías había también otra cueva a la que uno podía acercarse por un sendero diferente. En esta cueva uno se sentía aislado de todo el mundo. Jal también había construido una cabaña a cierta distancia para los mándalis y otra para el mast Ali Shah, a quien Baba traía consigo.

Más tarde nos enteramos del trabajo increíblemente duro de Jal procurando organizar todo para que Baba estuviera allí. Pero bueno, así era Jal; una vez que decidía hacer algo para Baba no se detenía hasta que estuviera hecho. Y lo que hizo que toda la labor fuera incluso más difícil fue este hecho: cuando habían realizado solamente una parte del trabajo, Baba le mandó decir que vendría antes de lo planeado, y entonces Jal ni siquiera disponía de sus veinte días. Al oír esto, Jal empezó a trabajar junto con su personal para asegurarse que las cosas se hicieran a tiempo. En la India no es común que los funcionarios del gobierno trabajen como peones, y ustedes nunca encontrarán al jefe de todo el distrito poniendo manos a la obra de esa manera. Jal trabajó día y noche para completar la tarea. Trabajó duramente no sólo para construir la cabaña de Baba sino también el lugar en el que podíamos cocinar nuestra comida, y asimismo las chozas en las que podíamos almacenar el combustible y nuestro cereal.

Una vez llovía copiosamente y Jal se empapó hasta los huesos. Los peones se apiadaron de él y le suplicaron que cambiara su ropa con la de ellos (ellos estaban dentro de las cabañas mientras que él estaba trabajando afuera). Nunca habían visto algo así. Quedaron impresionados por la dedicación de Jal. Pensaron: “Jal es muy grande, es un hombre grandioso, ¡pero cuánto más grande debe ser su gurú! ¿Quién podía ser este gurú?”.

Cuando Baba llegó junto con Ali Shah, Adi y Kaka, estaba muy contento con todo el trabajo que Jal había hecho. A Baba le gustó mucho el lugar y todo el trabajo de Jal lo asombró. Pero Jal se limitó a decirle: –Lo hiciste tú, Baba.

Años después nos enteramos de que los aldeanos que habían trabajado ayudándolo a organizar la vivienda de Baba todavía recordaban a Jal. Nos contaron cómo “Saheb” mismo había trabajado construyendo las cabañas, y recordaron también al “padre de Saheb” quien, según ellos, era una persona muy santa. Así es cómo estas personas recordaban a Baba, como “el padre de Saheb”.

Y esa es la historia de cómo Jal Kerawala organizó la reclusión de Baba en Angarishi Pahad. Y eso me hace acordar de otra historia, un pequeño incidente gracioso conectado con Jal. Estábamos viajando con Baba en tren. Ahora bien, en todos los lugares a los que íbamos, los trenes estaban atestadísimos. Aparentemente a Baba siempre le gustaba viajar cuando las condiciones eran de lo peor, como por ejemplo durante la guerra o en la época de la división de la India. El gobierno acostumbraba a instar a las personas a que no viajaran a menos que fuera necesario, y era entonces cuando Baba efectuaba gran parte de sus viajes.

O sea que siempre teníamos dificultades cuando viajábamos. Nos era difícil encontrar lugar en los vagones para Baba y para todo nuestro equipaje. El gentío y las corridas para encontrar asientos eran tales que temíamos que un día Baba resultara herido. Bueno, Jal sabía esto, y entonces, cuando Baba viajaba por el distrito de Jal, éste le conseguía un vagón especial. Reservaba todo un vagón para Baba y los mándalis. Nosotros estábamos agradecidísimos porque para nosotros, los mándalis, siempre que llegaba un tren nos poníamos nerviosos ya que nunca estábamos seguros si podríamos conseguir que Baba subiera al vagón sin problemas o que no le encontráramos suficiente espacio. Cada vez que nuestro tren se detenía en la estación era un momento estresante para nosotros, de modo que estábamos contentos con lo que Jal había organizado, y también Baba parecía contento. De hecho, Baba se estiraba en el asiento y se distendía.

Bueno, parece que en algún lugar del trayecto alguien borró los letreros que con tiza había en la parte exterior del vagón, los cuales decían que estaba reservado. Esto no lo supimos al principio, y todo lo que supimos fue que en una estación muchos soldados empezaron a amontonarse de pronto en nuestro vagón. Les indicamos que ese era un vagón privado, pero ellos entraron de todas maneras. Fue entonces que yo salí y vi que alguien había borrado el letrero que decía “reservado”.

Bueno, un rato después los soldados se acomodaron y todo estuvo en orden nuevamente. Pero uno de ellos se sentó en el asiento en el que Baba estaba descansando. Baba había puesto sus pies encima y no había lugar para el soldado, pero éste pronto decidió tenderse y empezó a poner sus pesadas botas sobre los pies de Baba y a empujárselos para acomodarse cada vez más. Yo no podía tolerar eso, de modo que me acerqué y tiré los pies de ese hombre hacia el piso. El soldado se enfureció y empezó a gritarme, y yo le grité, y se armó un buen alboroto hasta que Baba me dijo con gestos: –Cállate, no digas una sola palabra más.

Después de eso me quedé callado, pero el soldado pronto volvió a poner sus botas sobre el asiento y otra vez empezó a empujar contra Baba. Finalmente, no pude soportar esa insolencia y le dije: 

–Si persistes te tiraré de este vagón en marcha. –Vean, no era nuestro orgullo el que nos hacía decir cosas así sino nuestro deber de velar por el bienestar físico de Baba. Cuando eso nos sucedía a nosotros, teníamos que ser como corderos en el mundo, pero cuando le sucedía a Baba teníamos que ser tigres. Mi arranque no le gustó a Baba, quien me dijo: 

–Si no te callas, voy a tirar del cordón de emergencia y simplemente te haré salir en el lugar en el que el tren se detenga. –Entonces tuve que callarme. Pero no me gustó. No le gustó a ninguno de los mándalis, todos estábamos muy molestos por la insolencia de ese individuo, pero ninguno de nosotros podía decir nada porque no nos atrevíamos a desobedecer a Baba. Entonces todos nos quedamos sentados, en silencio y abatidos. En realidad, cuando vino el inspector y nos observó, y vio cuán desdichado era el aspecto de todos nosotros, nos preguntó si íbamos a asistir a un funeral. ¡Así de difícil era nuestra situación!


El dhuni
El hijara