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Insondable

Eso Fue Así

Insondable

¿No notan algo nuevo en la sala? Sí, esa gran insignia roja. Vino de los Estados Unidos y uno de ustedes la envió aquí. Léanmela en voz alta para que quienes están sentados de este lado puedan saber lo que dice. Sí, está bien: “No trates de comprenderme, solamente ámame”.

Por supuesto, Baba empleaba palabras que diferían ligeramente. ¿Cómo es la plegaria de Parvardigar? ¿Cuál es la línea del comienzo? “Ustedes son ilimitados e insondables”, nos decía Baba. “No traten de sondearme.”

Recuerdo una vez, creo que estábamos en Andhra, durante la visita de Baba allí, pero no sé si fue en su primera o en su segunda visita. Ya no me manejo bien con las fechas. Las personas vienen y me preguntan sobre un episodio y yo les digo: “Sí, eso sucedió el año pasado, cuando ustedes estaban aquí”, y me contestan; “No, eso sucedió hace cinco años”. Y yo les pregunto: “¿Fue así?” porque, a decir verdad, no lo recuerdo. Ahora el tiempo corre sin interrupciones en mi mente.

Pero recuerdo la reunión. Aún puedo representármela mentalmente. Creo que ya debo haberles dicho a todos ustedes lo compasivo que es el Señor al usar gestos con nosotros. Si Baba hubiera hablado, si Baba hubiera dado oralmente sus mensajes, yo no habría podido recordarlos de la manera que lo hago. Pero como teníamos que concentrarnos en sus manos y en su cara, todavía existe en mi mente un cuadro vívido y toda la escena vuelve a mí y entonces también me acuerdo de las palabras. De modo que recuerdo que había muy pocos mándalis con Baba y muchos amantes de Baba, oriundos del sur, sentados frente a él, y Baba estaba conversando informalmente con ellos.

Ustedes saben que hasta en los programas con acceso al público, cuando Baba hacía leer un mensaje en voz alta, no le gustaba que el clima se tornara solemne o majestuoso. Le gustaba que el clima fuera alegre y con un poco de humor. Baba había hecho leer en voz alta un mensaje serio, y uno de los amantes de Andhra no pudo entenderlo, le confesó a Baba que no lo comprendía, y le pidió una explicación. Baba replicó que él era tan insondable que ni siquiera él podía empezar a sondearse.

Y es verdad. Cuando más intenten entender a Baba, peor lo entenderán. Y eso también ocurre con los Maestros Perfectos. Permítanme que les dé un ejemplo.

Había una vez un Maestro que deambulaba de un lugar a otro. Presten atención porque es una historia verdadera. Este no es un cuento inventado. Espero que hoy no haya nadie de Irán en la sala. ¿No? Bueno. Entonces puedo proseguir.

Digo esto porque me acuerdo de cuando nuestro querido Farhad estaba con nosotros. Él solía disgustarse muchísimo cuando yo decía que estaba contando un cuento de los días en los que estábamos con Baba. Él me decía: “Esos no son cuentos, Eruch. Tú no los estás inventando”. “¿Entonces cómo quieres que los llame?”, yo le preguntaba. Y él replicaba: “No deberías llamarlos cuentos sino verdades”.

Y él tenía razón en un sentido. Son verdades, pero de alguna manera no parece correcto llamarlos así, de modo que mientras él no esté aquí, los llamaré cuentos. Pero en caso de que alguno lo vea, hágale saber que me estoy asegurando de decirles que éstos son cuentos verdaderos. 

¿Y ahora en qué había quedado yo? Sí, había un Maestro que acostumbraba a deambular de un lugar a otro. Y este Maestro tenía en el pueblo a una pareja que era muy devota de él. Todas las veces que el Maestro iba a ese pueblo, esta pareja iba a reunirse con la muchedumbre que se congregaba. Pues eso era lo que el Maestro acostumbraba. Se limitaba a encontrar un lindo árbol y se sentaba debajo, y pronto se corría la voz de que el Maestro había venido y la gente corría amontonándose a su alrededor.

Y era un momento muy animado. El Maestro se interesaba en los que habían venido, preguntaba cómo habían estado cuando estuvo ausente, si se habían mantenido sanos, y si había sucedido algo interesante, y así pasaba el tiempo. Tal vez uno de sus seguidores le cantaba una canción, o había bhajans, o alguien le hacía algunas preguntas, y él las contestaba, y todos eran felices.

Después, cuando empezaba a oscurecer, el Maestro decía: 

–Bueno, ya es hora de que todos ustedes se vayan. Por favor, váyanse; es hora de que yo me vaya a dormir. –Todos se levantaban y se iban. Tan fuerte era su personalidad que, aunque en algunos casos las personas habían recorrido largas distancias para estar con él, cuando les decía que debían irse, todas se levantaban y se iban. Esta pareja, que era tan devota de él, también se levantaba y se retiraba, pero el Maestro, con una mirada y una leve indicación, con un ademán, decía–: Esperen, esperen, no se vayan todavía –y la pareja se quedaba.

Y entonces, después de que todos se habían ido, el Maestro los hacía acercar y empezaba a interrogarlos. ¿Cómo sucedió que esta pareja se consagró tanto al Maestro? Esta parte de la historia no la sé. Pero sea como fuere, estaban enteramente consagrados a él, y él, por su parte, parecía estar estrechamente ligado a ellos.

Él miraba a la esposa y le decía al marido: 

–¡Caramba!, ella está aún más bella que la última vez, ¿no es cierto? –Y la esposa se sonrojaba y el esposo se sentía muy orgulloso. Y el Maestro la miraba como si estuviera considerando esto seriamente, y luego, después de pensar aparentemente un poco en esto, le decía–: Eso debe ser por tu amor, la amas tanto que ella se está volviendo más bella debido a eso.

Y ahora era el marido el que se sonrojaba. 

–Pero hay una cosa que no entiendo –continuaba diciendo el Maestro–. Sé que ella te ama muchísimo, y puedo ver que tú la amas muchísimo, ¿entonces cómo es que ustedes no tienen hijos? –Y los que ahora se sonrojaban eran tanto el marido como la esposa. Y entonces el Maestro les decía–: No se preocupen, todavía queda mucho tiempo. –Y preguntaba por la profesión del esposo o batía palmas, entusiasmado y contento como un niño, y mirando alrededor como si se asegurara de que todos los demás del pueblo se habían ido, les decía–: ¿Y ahora qué me han traído? –Puesto que lo que se acostumbraba era que todas las veces que el Maestro venía, esta pareja cocinaba algo especial para que él lo comiera.

A decir verdad, eso no era tan especial. La pareja no era pobre pero tampoco era adinerada. El Maestro deambulaba de un lugar a otro y en algunos pueblos tenía amantes muy ricos que le preparaban exquisitos banquetes, pero esta pareja podía servirle cualquier cosa, pero él actuaba siempre como si se tratara del manjar más fino que pudiera imaginarse.  Esto era lo que él le hacía sentir a esa pareja. Y así transcurría la noche. Todos disfrutaban la comida y, con la compañía del Maestro, se olvidaban del tiempo y pasaban con él casi toda la noche, riendo y bromeando, y disfrutando solamente su compañía.

Sucedía esto cada vez que el Maestro llegaba al pueblo de ellos. Y en cada ocasión él hacía alguna referencia sobre cuán ansioso esperaba que tuvieran un hijo. Y poco tiempo después, ella concibió y el Maestro se sintió muy feliz. Les dio toda clase de instrucciones sobre lo que tendrían que hacer para que hubiera un parto sin peligro. Él parecía una suegra para esa joven; le decía lo que tenía que comer y lo que no tenía que comer, y la aconsejaba sobre cuánto ejercicio tenía que hacer: le daba toda clase de consejos. Después de todo, él era un Maestro, y eso es lo que significa ser Maestro, significa que él prestaba atención a todos los detalles.

Ahora bien, tal como sucedió, la siguiente vez que el Maestro fue al pueblo, esta mujer dio a luz en horas avanzadas de la noche. Y el Maestro estaba allí, puso a la recién nacida sobre sus rodillas, le mostró su admiración y declaró que esta niña era su hija, y que le pertenecía a él y no a sus padres. Por supuesto los padres, por su devoción al Maestro, se regocijaron al escuchar esas palabras, y hasta creo que sólo incrementaron el amor y la devoción.

Para abreviar esta larga historia, pasaron los años. La hija se cría en una casa cuyo eje es el Maestro. Hablaban diariamente de él y recordaban sus visitas pasadas. Repetían las palabras que él había pronunciado, recordaban muchos episodios de la época que pasaron juntos, y esperaban ansiosamente su visita. Ansiaban cualquier noticia que pudieran recoger sobre sus acciones, si un vecino regresaba de visitar otro pueblo para asistir a una boda, y le decían: “¿Ah, usted se enteró de que el Maestro estaba allí?,” la familia insistía sobre todos los detalles, cómo se lo veía, si parecía estar bien, y qué dijo, etcétera. Por así decirlo, ese era el entretenimiento de ellos.

Y todas las veces que el Maestro llegaba al pueblo de ellos, sucedía siempre lo mismo: “Está oscureciendo, es hora de dispersarse, todos deben irse”. Pero él le guiñaba un ojo a la familia y le hacía un gesto para que se quedaran. Y entonces, después de que todos se habían ido, él pasaba esa velada con su hija y con los padres de ésta. Los padres sacaban a relucir la comida, él jugaba con su hija, y todos disfrutaban eso.

No causa demasiada sorpresa enterarse de que esta joven creció amando y respetando a este Maestro. Ella amaba muchísimo a sus padres, pero el Maestro llegó a ser su verdadero padre y madre en una sola persona, y toda la familia era muy feliz con su amor y su devoción estrictamente concentrados en el Maestro. Para abreviar este relato, pasan los años y esta joven ya tiene edad para casarse.

Lógicamente los padres no piensan en el casamiento de su hija, a menos que (y hasta que) primeramente lo hayan discutido con su Maestro, y por ello lo van a ver la siguiente vez que él está en el pueblo. Y se sientan con él hasta que empieza a oscurecer, y entonces el Maestro dice de viva voz: “Muy bien, ya es hora, deben irse todos”. Y la gente lo sabía. Él acostumbraba a hacer eso, de modo que todos se marchaban, con excepción de esta pareja y su hija, y la pareja le pregunta: 

–¿Qué debemos hacer? Se trata de tu hija –Adviertan ustedes que ellos nunca decían “nuestra hija” porque el Maestro les había aclarado desde el vamos que, aunque ellos eran los padres, la muchacha era de él, y entonces le dijeron:

–Discúlpanos, nos preguntamos si quieres que se case o no porque tu hija ya tiene edad para ello.

El Maestro se volvió hacia la muchacha y le dijo: 

–¿Qué es lo que tú quieres? ¿Quieres casarte? 

Y ella le dijo:

–Haré lo que tú me digas.

La respuesta complació al Maestro, quien dijo: 

–Ella debe casarse. Empiecen a hacer los arreglos necesarios. –Por otra parte, para acortar esta historia, encontraron un joven, se lo trajeron al Maestro para su aprobación, se hicieron los arreglos, y el único problema consistía en fijar la fecha. Porque lógicamente ellos querían que el Maestro estuviera presente en la boda, y era imposible saber con exactitud cuándo tendría lugar. Pero el Maestro les dijo: –No se preocupen. Escojan la fecha que ustedes quieran y yo estaré allí.

Entonces fijaron la fecha y por supuesto, el día de la boda, ni bien amanece, reciben el mensaje de que el Maestro está ingresando en el pueblo. Y entonces tiene lugar una boda colosal. Como les dije, ellos no eran adinerados, pero con la gracia del Maestro, la pareja ha podido ahorrar un poco de dinero.

Ahora bien, resultó que el novio, o mejor dicho, el marido, no era un adepto del Maestro. Era un hombre bueno, tenía en su interior ciertos sentimientos espirituales, pero no estaba al tanto de los hábitos del Maestro. Entonces, además de estar felices en compañía del Maestro y por la boda, toda la familia estaba muy feliz porque esta era la oportunidad que tenían para que el joven conociera al Maestro. Ustedes saben cómo es esto, cuando aman muchísimo a alguien, siempre son felices por traer a sus amigos y conocidos, y por hacer que ellos conozcan a esa persona. Y debido a que el Maestro ya había aprobado al muchacho, se sintieron totalmente tranquilos porque sería una pareja perfecta para la hija.

En resumen, todos estaban muy felices y la boda se desarrolló con tranquilidad. Pero cuando terminó y los invitados se habían marchado, el Maestro llamó al muchacho y le dijo que se acercara porque quería hablar con él a solas durante unos minutos. Ahora bien, la pareja y la hija quedaron encantados con eso, pues sabían que no había manera de que cualquier persona pudiera pasar unos minutos a solas en compañía del Maestro sin enamorarse irremediablemente de él, y eso es lo que todos deseaban: que el nuevo miembro de su familia aprendiera a amar al Maestro como ellos lo amaban.

Entonces todos estaban contentísimos cuando el Maestro y el muchacho se alejaron y el Maestro se inclinó cerca de aquél y le estaba susurrando algo en el oído. Pero quedaron completamente desconcertados cuando de repente oyeron que el muchacho exclamaba con indignación: 

–¿Qué? –y luego le da la espalda al Maestro y regresa adonde estaba su novia. Su cara estaba roja de ira y furia, agarró a su novia y le dijo–: Nos vamos. A partir de hoy, no quiero que en nuestra casa se mencione jamás el nombre de tu Maestro. –Y antes de que alguien pudiera decir algo, llevó a su sobresaltada novia, o puede decirse que la sacó arrastrándola, por lo enfurecido que estaba, y lo insultó en voz alta llamándolo sinvergüenza, bribón y charlatán mientras se retiraba hecho una furia.

Lógicamente, la pareja mayor se acercó consternada al Maestro, pero él no pareció estar dispuesto a aclararles qué acababa de suceder, de modo que simplemente aceptaron eso. Después de todo, cualquier cosa que el Maestro hacía era correcta.

Sin embargo, sus corazones se apenaron. Pues ahora, todas las veces que llegaba el Maestro, solamente ellos dos iban a verlo. La hija nunca venía. Y cuando ellos iban a visitarla, ella los recibía en la puerta de entrada y los hacía detener, y entonces les preguntaba de todo sobre el Maestro, qué noticias tenían, cuándo lo habían visto por última vez, que había hecho y dicho, pero después los prevenía: 

–Ahora, cuando entren en la casa, no deberán decir una sola palabra sobre nuestro Maestro, pues mi esposo lo prohíbe.

¿Pero de qué otra cosa tenían ellos que hablar, porque el Maestro era su vida? Entonces las visitas eran muy molestas y dolorosas, y aunque su hija cumplía con los deseos de su esposo, ellos podían ver lo difícil que eso era para ella. No era que se quejara alguna vez sino que siempre había sido una hija libre de preocupaciones, naturalmente risueña y colmada de entusiasmo, y ahora parecía haber envejecido mucho. Caminaba pesadamente y sus ojos parecían haber perdido su brillo.

Ha transcurrido un tiempo, y ahora es esta hija la que tiene una hija. Pero esto se suma a su aflicción secreta porque no puede llevar a su hija para que vea a su Maestro. Su hija deberá crecer sin oír el nombre de él o sin que se le permita reverenciarlo. Pero ella es madre todavía, ama a su hija y se esmera en cuidarla. Siente que ésta es la hija de su Maestro, y por eso la trata con el amor que ella habría prodigado a su Maestro, pero aún está triste interiormente.

Nuevamente pasan los años, y es la hija de esta muchacha la que está creciendo. Se ha convertido en una mujer y es hora de que empiece a encontrarle un marido.

Por supuesto, el Maestro sabe esto. Lo sabe todo, pero como siempre, aparenta no saber nada. Entonces la siguiente vez que llega al pueblo de la anciana pareja, pregunta por la hija de él y después pregunta por la hija de ella. Como si no supiera nada, le dice: 

–¿Qué edad tiene ella ahora? –Los abuelos le dicen la edad y el Maestro parece reflexionar sobre esto–: ¿Ya se casó? –Los ancianos sacuden la cabeza.

El Maestro parece que no se da cuenta de lo avergonzados que están y sigue diciendo con aire de inocencia: 

–Aparentemente ella ya tiene una edad en la que mi hija y su esposo deberían pensar en que ella se casara. Me sorprende que no se haya hecho esto.

La anciana pareja sigue allí sentada y cabizbaja. Al final el Maestro parece fijarse por primera vez en cuán incómodos están los dos. 

–¿Qué sucede? –les pregunta–, ¿Pasa algo?

–¿Qué podemos decirte? ¿Cómo podremos contártelo? No es posible que ella se case.

–¿No es posible? ¿Por qué no?

Nuevamente hay un penoso silencio, y el Maestro tiene que insistirles y persuadirlos hasta que finalmente el marido susurra: 

–Ella se convirtió en prostituta. Nadie se casará con ella. Tu hija y el esposo de ella están desolados. Tienen vergüenza de mostrar sus caras en su comunidad.

Y eso era verdad. El marido había tenido un próspero negocio, pero ahora estaba en la ruina. En todos los lugares a los que iba, las personas lo señalaban y susurraban a su espalda, y él oía que decían “la hija de él”, después seguían hablando del último escándalo de ella. La gente pasaba por su negocio, no para comprar, sino tan sólo para mirarlo, y él descubrió que ahora estaban cerradas las puertas que solían estar abiertas para él. Cuando entraba en una habitación, muy frecuentemente la conversación se interrumpía de repente y la gente se dispersaba. Esto empezó a afectar su salud. Su actitud mental cambió totalmente. Empezó a tener miedo de salir y oír todos esos cuchicheos detrás de él. Comenzó a encontrar excusas para no ir a trabajar y, al estar ausente, su negocio se resintió. En un momento dado no quería salir de su casa por ninguna razón, y entonces su salud se quebrantó y ya casi no podía salir de su casa. Lo cuidaba su esposa, pero ella no podía hacer nada.

–Llámalos, diles que quiero verlos a ambos –le dijo el Maestro.

–Pero Maestro, ni siquiera se nos permite mencionar tu nombre en presencia de él. ¿Cómo podremos?…

–Llámalos. Ahora él está preparado para venir.

Y por supuesto, cuando le transmitieron este mensaje a la hija, ella se animó y abordó el tema con su marido por primera vez en todos esos años. 

–¿Por qué no ir ahora? –le preguntó ella.

–Está bien, haz lo que quieras –replicó el marido, quien se dio por vencido agobiado por las circunstancias.

–¿Vendrás conmigo? –le preguntó ella. 

Y él replicó: 

–¡Sí, si eso es lo que quieres! –Y ella lo ayudó a salir de la cama y lo vistió, y los dos fueron juntos a ver al Maestro.

Cuando el Maestro los vio venir, se acercó de prisa y abrazó a su hija, a quien hacía años que no veía, y lo hizo con una ternura y un amor tan evidente que ella, sin poder contenerse, perdió el control y empezó a llorar. 

–Lo sé, lo sé –murmuró el Maestro compasivamente y le palmeó amorosamente la espalda mientras ella sollozaba en sus brazos. Al ver cómo el Maestro amaba a su esposa, hasta el esposo pierde el control, se pone a llorar a cantaros y le expresa al Maestro la vergüenza y la pena que siente. Con muchísima compasión, el Maestro lo mira y le dice–: Por ese motivo yo te dije aquello la noche en la que te casaste. ¿Lo recuerdas? Diles a los demás lo que yo te dije aquella noche.

Entonces el marido reveló por primera vez lo que ellos habían conversado en secreto: 

–Él me dijo que sería mejor que yo no pasara la noche con mi esposa, y que fuera a un burdel y durmiera con una prostituta. Al principio pensé que esa era una broma extraña, pero entonces él hasta trató de darme dinero para pagar, y fue ahí que me enfurecí e insistí en que nos marcháramos.

–Ya lo ves, yo sabía que tu simiente, tu primera hija, estaría destinada a eso –Le explicó el Maestro–. Era imposible impedirlo. Entonces te dije que durmieras con una prostituta y te ofrecí pagar para que esa transacción no te manchara en absoluto. De esa manera, la prostituta podría haber concebido a su hija, y esa criatura habría crecido en el lugar al cual pertenecía. Cuando esa hija se convirtiera en prostituta, el cual era su destino ineludible, eso sólo sería natural y no habría nada de qué avergonzarse. Por ese motivo yo te dije aquello. Debido al amor que siento por ti y por tu hija. Yo quería ahorrarle a ella esta vergüenza.

¿Se dan cuenta de cuán insondables son sus designios? Es imposible descifrar sus métodos. ¿Qué puedo decirles sobre una persona que le dice a un novio que pase su noche de bodas con una prostituta? ¿Esto no parece absurdo? Sin embargo, observen cuánto sufrimiento se hubiera evitado si él sólo hubiera escuchado al Maestro. Y este no es un cuento chino. De hecho me hace recordar una historia similar que sucedió realmente en la época de Baba, de la que yo fui testigo. ¿Les gustaría escucharla?

Se refería a una familia, parecida a la pareja de la historia anterior, que era devota de Baba. Y como aquella pareja, tenían un hijo. Esta familia estaba muy ligada a Baba. Vivían en Bombay e iban a ver a Baba siempre que podían. Ahora bien, sucede que el hijo de ellos –un varón– se enfermó. Estaban muy preocupados porque, aunque trataban de cuidarlo, no mejoraba. Ahora bien, lo amaban tanto y eran tan inocentes que lo primero que pensaron fue tomar contacto con Baba para averiguar qué deberían hacer. Esto no era nada fuera de lo común. Había llegado a ser un hábito, al estar cerca de Baba, pedirle consejo por cualquier detalle, por cualquier cosa y por todo. Hay muchas familias como ésta. A veces esta confianza total en Baba era fastidiosa para algunos de nosotros. Parecería que estas familias hubieran perdido todo su sentido común y ahora fueran incapaces de tomar la más pequeña decisión sin molestar por eso a Baba. Y por supuesto esto nos creaba más trabajo. Pero no era eso. Ahora me doy cuenta. No era que no podían tomar decisiones por sí solos. Solamente el amor que sentían por Baba, y la intimidad que ese amor creaba, hacían que sólo fuera natural que, ni bien tenían que tomar una decisión, debieran ir a consultar con él. El amor de ellos era tal que nunca siquiera se les ocurría que eso podría ser un fastidio para Baba, de la misma manera que un hijito en cualquier situación y en todas las situaciones acude automáticamente a sus padres en busca de ayuda.

Y ésta no era una cosa pequeña. Su único hijo estaba enfermo y estaban preocupados. Baba les mandó a decir que no deberían preocuparse, dejando que su médico de la familia lo tratara.

Entonces aquella pareja hizo eso. Tuvieron al chico en la casa y lo trataron allí, según lo aconsejó el médico de la familia, pero el estado del niño no mejoró. En realidad empeoró cada vez más. Y los vecinos, al ver esto, empezaron a reprender a esta pareja: 

–¿Qué están haciendo ustedes? ¿Están tratando de matar a su hijo? ¿No pueden ver que está muy enfermo y que deben llevarlo enseguida al hospital?

Esto fue muy difícil para los padres. Tenían fe en que Baba era Dios; que él sabía todo, pero esto es lo que ocurre con los Maestros que parecen ser ignorantes. Entonces volvieron a escribirle a Baba y le preguntaron qué deberían hacer, explicándole que la salud de su hijo estaba empeorando. Baba dispuso que yo les escribiera de vuelta diciéndoles que deberían continuar con el tratamiento mediante su médico de la familia. Por supuesto, ellos no podían decirles a los vecinos cuáles eran las instrucciones de Baba porque los vecinos no creían en Baba y acostumbraban a hablar mal de él.  

Bueno, para acortar esta historia, al final los vecinos entraron y llevaron al niño por la fuerza a un hospital. Los médicos lo pusieron de inmediato en el quirófano y lo operaron. Le extirparon el apéndice. Y hablaron mal de los padres por esperar tanto tiempo. Les decían: 

–Si ustedes hubieran esperado más tiempo, el chico habría muerto y habría sido demasiado tarde para salvarlo. Pero ellos lograron salvarlo y el chico se recuperó y creció sano y fuerte.

Pero después, cuando ese niño creció hasta ser un adolescente, un joven, empezó a desarrollar muy malas costumbres. Empezó a juntarse con malas compañías y su conducta fue tal que deshonró a la familia, a tal punto que los padres se sintieron completamente humillados.

Y llegó un día en el que me tocó oír eso porque yo estaba con Baba cuando los padres vinieron de visita, y recuerdo que la madre le confesó que ella deseaba que el chico hubiera muerto de su enfermedad en lugar de haberlo llevado al hospital y recuperarse. Ella le dijo: 

–Prefiero la muerte de mi hijo a la vida que está llevando- –Baba se encogió de hombros.

Y fue tan sólo entonces que Baba, como el Maestro de aquella historia, le dijo:

–Yo traté de ayudar. ¿Recuerdas las órdenes que te di? ¿Pero qué podía hacer yo? Los vecinos interfirieron.

No sé qué es lo que Baba quiso decir exactamente con eso. Siempre consideré que lo que quiso decir es que, si los padres hubieran mantenido al hijo en su casa y dejado que el médico lo tratara, el chico habría muerto y esto habría sido mejor para él y para sus padres en esas circunstancias. Pero ustedes los occidentales ponen objeciones cuando digo esto, y un muchacho vino a verme una vez y me dijo: 

–Eruch, tú sabes que aquel chico tal vez no habría muerto.

Yo le contesté: 

–Qué quieres decir con eso?

Y él me dijo: 

–Puede ser que, si los vecinos no hubieran interferido, el chico habría estado muy enfermo y casi habría muerto, y quizás en medio de ese sufrimiento, los sanskaras se habrían consumido y su destino habría cambiado. Como sucedió cuando Baba le pidió a una persona que recorriera las calles desnuda o algo por el estilo, y ni bien esa persona se mostró dispuesta a obedecer, Baba dejó la orden sin efecto. Entonces, quizá también en este caso, si a los padres se les hubiese permitido obedecer a Baba, Baba habría procurado que las inclinaciones de ese chico murieran, mientras que él hubiese sobrevivido.

¿Quién sabe? También eso es posible; ¿quién puede decirlo? Cualquier cosa es posible con Baba. Pero lo que este muchacho dijo es verdad sobre la manera con la que la mente funciona, tratando de analizar y descifrar los significados que son aceptables para nosotros, pero cuando tratamos de descifrar esto ahora, estamos haciendo exactamente lo que se supone que estas historias nos enseñan a no hacer; estamos tratando de sondear lo insondable con nuestras mentes limitadas. Porque parece cruel cuando digo que Baba dio esta orden y que el resultado hubiera sido la muerte del niño, pero toda la cuestión consiste en que, si el niño hubiera muerto o hubiera vivido, es imposible sondear sus designios. Eso no puede hacerse. Solamente el amor y la aceptación de su deseo son los que en última instancia los aparta de esa confusión que ustedes tienen en su mente. Es por esta razón que Baba nos dice: “No traten de sondearme, solamente ámenme.”


Sueño
¿Quién es Meher Baba?